Guanyem Barcelona o cómo recuperar nuestras ciudades y barrios

Las ciudades son circuitos de circulación de las mercancías del capital. Cada vez de forma más intensa asistimos a unos configuraciones y distribuciones espaciales únicamente destinadas a que las personas consuman, produzcan y a que las mercancías puedan circular. De esta forma, no es nada extraño que hayamos vivido en los últimos años una despiadada desaparición de los lugares comunes así como de aquellos sitios en los que las circulación se detiene. Pienso por ejemplo en la progresiva desaparición de los bancos (los de verdad, no los cajeros) en nuestras calles. Los distintos ayuntamientos buscan tanto la limitación de la pernoctación en los bancos como la supresión de elementos que permiten que reposes sin que tengas que pagar nada. El ayuntamiento de Londres llegó al extremo, en este sentido, de poner pinchos en aquellos sitios proclives a que un clochard pudiese dormir allí.

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Pinchos debajo de los puentes en Londres. Agresión contra las personas para que no puedan ni deternerse ahí ni reunirse ni pernoctar. Cada lugar debe de ser un lugar de paso, de consumo o de producción capitalistas.

Las carreteras y aceras son funcionales. Tienen como objeto que te desplaces para producir en una empresa o para que consumas. En ningún caso permiten que puedas detenerte y perjudicar así los fluidos del capital. Si sales a la calle, tendrás muchísimos comercios a nivel de las aceras para que puedas ir entrando y saliendo de los mismos, para que puedas consumir, para que las mercancías puedan moverse sin parar. Cualquier espacio que detenga este flujo constante debe ser aniquilado.

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Reconstrucción de can vies tras la demolición parcial, parada por la respuesta vecinal y ciudadana. Autogestión de los escasos sitios comunes que nos quedan.

Can vies, por ejemplo, era un obstáculo en esta construcción y concepción del urbanismo capitalista. Es un lugar que ya no es de paso o de consumo o de producción capitalistas, sino un lugar común en la que los vecinos y no vecinos pueden pararse a hacer cosas improductivas como escuchar música, ensayar, hablar, debatir o simplemente encontrarse e intercambiar experiencias, afectos, sentimientos, ideas etcétera sin pagar ni un sólo euro. El capital se detiene en este punto, no puede circular. Las personas de Can vies ni siquiera pagan un alquiler para una persona privada o un impuesto al ayuntamiento de Barcelona. Lugar pues de estancamiento capitalista (aunque se podría analizar la producción de valor inmaterial que se llevaba a cabo allí y que luego sería expropiado por otros métodos en otras zonas y contextos de la misma ciudad).

Nuestras ciudades y metrópolis han sustituido a la fábrica como lugar hegemónico y principal de la creación del valor. Parece pues normal que los distintos planes urbanísticos se hayan hecho únicamente en vistas a la producción biopolítica. Barcelona hace tiempo que dejó de ser aquella bohemia ciudad en la que artistas y vecinos normales hacían su vida cotidiana en las calles y parques para convertirse en una marca de consumo turístico y de encuentros internacionales entre compañías que producen mercancías de alto valor añadido (pienso en el Barcelona mobile world congress). Esto ha provocado, en parte, la gentrificación de nuestros barrios. Tanto en Gràcia como en el Raval, la llegada de una nueva burguesía en busca de elementos originales y característicos ha ido aumentando progresivamente los precios de las viviendas, expulsando a los vecinos de esos barrios y, por ende, a la desnaturalización de los mismos.

Sobre la masificación del turismo os recomiendo fuertemente el visionado de este documental: Bye Bye Barcelona, pocas cosas a añadir:
http://youtu.be/mSAPqGijeiY

Tampoco podemos obviar las redes clientelares que establecían los ayuntamientos con las distintas empresas constructoras y hosteleras. Cuando lo público está al servicio del interés privado asistimos a la subsunción material de todo aquello aquello que podría estar en los márgenes o en los afueras de los procesos de producción capitalistas.

Escribían Deleuze y Guattari en Mil Mesetas que: “La ciudad es el correlato de la ruta. Sólo existe en función de una circulación y de circuitos, es un punto extraordinario en los circuitos que la crean o que ella crea. Se define por entradas y salidas, es necesario que algo entre y salga de ella. Impone una frecuencia. Opera una polarización de la materia, inerte, viviente o humana, hace el filum, los flujos pasen aquí o allá, en líneas horizontales. Es una red puesto que está fundamentalmente en relación con otras ciudades. Representa un umbral de desterrioritalización. El máximo de desterritorialización aparece en la tendencia de las ciudades comerciales y marítimas a separarse de las regiones interiores, del campo (Atenas, Cartago, Venecia)”.

Oponían la ciudad al Estado, que funciona por estratificación, , es decir, a una estratificación que forma un conjunto vertical y jerarquizado que atraviesa en profundidad las líneas horizontales de la ciudad. Así pues, sólo retiene tales y tales elementos cortando sus relaciones con otros elementos que han devenido externos, inhibiendo, frenando o controlando esas relaciones, si el Estado tiene un circuito ese es un circuito interno que depende fundamentalmente de la resonancia, zona de recurrencia que se aísla del resto de la red sin perjuicio de controlar aún más estrictamente las relaciones con ese resto.

Sin embargo, lo que hemos vivido los últimos años es una estatalización y estratificación de la ciudad que vino unido a la intensificación capitalista. Una propiedad pública y una propiedad privada que han convenido y convergido para robarnos toda la riqueza y todos los espacios comunes. Incluso la Plaça de Catalunya fue privatizada y sigue privatizada en Navidad. Hay que pagar. Sólo tenemos flujos y circuitos de circulación del capital y de las mercancías (incluyo a los trabajadores como mercancías). Tampoco hay separación con los campos como nos describían Deleuze y Guattari, hay conquista completa del campo por parte de la ciudad y del Estado, no hay esos ilusorios puntos exteriores a los que agarrarse.

Las ciudades y sobre todo Barcelona han frenado, inhibido y estratificado sus espacios para crear un circuito interno coherente, completo y cerrado de circulación de las mercancías y de los flujos capitalistas.

La cuestión es recuperar todos los espacios comunes, devolver y recuperar nuestra ciudad y nuestros barrios para nosotros y los viajeros. Volver a horizontalizar las líneas que atraviesan la ciudad. Des-mercantilizar la ciudad, dejar de hacerla un mero producto de consumo visual y estético. Que deje de ser un lugar para consumo a corto plazo del turisteo ocasional.

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Acto de presentación de Guanyem Barcelona

Guanyem Barcelona es la propuesta ciudadana y de las clases trabajadoras. La propuesta que desde abajo quiere ser lugar de confluencia para ganar y recuperar una ciudad que nos han robado. La propuesta que hace tabla rasa y supone una ofensiva institucional complementaria de los movimientos sociales y políticos.

Entre todas y todos no sólo Podemos sino que también ganaremos.

El gueto y la ciudad escaparate en el capitalismo contemporáneo: una mirada crítica al París “cosmopolita”

La “banlieue” parisienne –el denominado quatre-vingt-treize 93 o neuf-troises una de las más ilustrativas y paradigmáticas formas en las que se ha estado construyendo la organización espacial del capitalismo global en el seno de la urbe de los países avanzados. Si bien tradicionalmente los barrios obreros o más paupérrimos se situaban en el centro de las ciudades (y/o en el borde de la costa, si la ciudad en cuestión tenía mar y puerto), actualmente se ha producido un desplazamiento hacia la periferia (movimiento que lleva más de cien años en progreso).  Desplazamiento que permite invisibilizar a una gran parte de la población. La ciudad escaparate del capitalismo contemporáneo siempre ha buscado limpiar todo aquello que se relaciona con la parte decadente y tétrica consustancial a la mercancía.

I-El gueto

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Cité Floréal, en Saint-Denis

La “guetización” del 93 es más que evidente, enormes bloques de pisos insalubres y hostiles son el paisaje habitual de esa zona. Gracias, y digo bien gracias, a los disturbios se derribaron muchos de ellos para intentar reconstruir algo que se asemejara a viviendas dignas. También se pusieron nuevas vías de comunicación con París para que no fuera únicamente un bus el que conectara alguno de esos municipios con la capital gala. Son parches que intentan arreglar una cuestión que tiene difícil solución en los parámetros del capitalismo contemporáneo.

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Les 4000, La Courneuve

No hay muchas tiendas de telefonía móvil, ni sucursales bancarias, ni tiendas de moda en Seine-Saint denis. Abundan restaurantes de cómida rápida musulmana, “taxiphones” y grandes superficies de supermercados estilo Carrefour o Leader Price. Si buscáis el típico café parisino tampoco lo encontraréis. Tampoco hay mucho espacio para los museos.

Cuando uno toma el RER (el tren que conecta París con los suburbios) puede observar  el progresivo cambio en la tez de sus viajeros. Más se acerca uno al centro, más blanca es la piel, más se aleja uno del centro, más oscura se vuelve la piel. Pocas personas blancas viven en el 93 (en algunas zonas, la tasa de habitantes de origen extranjero supera el 80%). Los hábitos de los viajeros también son distintos: no encontrarás a casi nadie leyendo un libro o consultando su móvil de última generación en los buses y trenes que recorren la banlieue. Estos pequeños detalles son la punta del iceberg, las señas, de las divisiones de clase (manifestado en la ropa y la ausencia de artilugios de última tecnología), de raza y de cultura (en su sentido más amplio, la propia materialidad de nuestras existencias nos aboca hacia una cultura determinada, no me refiero únicamente a los países de origen, sino a los hábitos adquiridos aquí) existentes en nuestra sociedad. La lengua en el gueto también es distinta, no sólo por los acentos, sino también por las palabras empleadas.

El saludo rutinario entre los viajeros de los buses del 93 denota los lazos sociales creados a fuerza de vivir en la calle, en comunidad. La persistente presencia del Rap y el Hip Hop en muchas esquinas de los barrios (ya sea a través de la estética, los graffitis o los bailes), la tensión creciente y latente entre las personas pero, al mismo tiempo, con muestras de solidaridad espontáneas –ya sea abriendo los tornos que dan acceso al tren o al metro o las miradas cómplices ante la presencia de un forastero en el barrio (la policía está incluida en esta categoría)- son, por su lado, las señas de la cultura autónoma generada dentro del gueto. Una cultura con sus propias características, sus propios códigos, muchas veces mal comprendida, y que ha servido –por ejemplo, en su vertiente musical- generar confianza en las personas que están inmersas en este mundo. Una cultura que, evidentemente, está impregnada por la impotencia, la violencia y la frustración pero que, al mismo tiempo, da muestras de comunidad, creatividad artística y solidaridad completamente ausentes en los barrios acomodados (en los que los vecinos de un mismo rellano ni siquiera se conocen). Existe una extraña combinación de frustración, depresión, dolor, tensión violenta en cruces de miradas y, por otro lado, jovialidad, complicidad y ganas de vivir.

Es muy curiosa la forma que tiene el rap de, a través de vidas y experiencias reales trágicas y violentas, sacar un tipo de orgullo que los hijos de la burguesía envidian e intentan emular de forma patética (frustraciones falocéntricas, envidian la testosterona ambiental del gueto, con su violencia y sus códigos de respeto y poder dentro del barrio). De hecho, el Hip Hop en general re-significa la idea de humillación, marginación y violencia. De todo aquello que podría y es duro saca su propia seña de identidad. Tuvo su papel en los disturbios del año 2005 que pasaré a comentar a continuación.

 

 II-Señales de humo

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Los disturbios del año 2005 hicieron mundialmente conocido al departamento 93, la Seine-Saint-Dénis, y pusieron en entredicho el supuesto éxito del modelo de integración francés. El conocido film La Haine anticipó lo que ya era inevitable: la explosión de rabia social contenida.  Aquellos disturbios se iniciaron en octubre del 2005 cuando tres chavales menores de edad, subsaharianos y sin papeles, huyendo de la policía se escondieron en los transformadores con el resultado de dos muertos y un herido grave. Esa misma noche, el rumor de la muerte de los menores se extendió rápidamente en todo el municipio de Clichy sous bois y empezaron a incinerarse los primeros coches (seña de identidad de aquellos disturbios). Al día siguiente, durante la represión de la policía a los jóvenes que estaban quemando vehículos, un gas lacrimógeno fue lanzado al interior de una mezquita (durante un rezo, pues era el último día del Ramadán). Aquel acontecimiento terminó por prender la mecha de una bomba que ya llevaba años preparada. Los musulmanes vieron en aquel suceso (que realmente pudo ser fortuito, aunque eso no quita que disparar gases cerca de una mezquita sea significativo del poco “respeto” que se tiene hacia ese colectivo de religiosos) un ataque frontal hacia ellos y en los días posteriores los disturbios fueron extendiéndose por toda la región y otras ciudades.

Muchos analistas tildaron a los jóvenes de delincuentes que hacían aquello para divertirse. Se intentó desprender el significado político de todo aquello. Jóvenes que no estaban ni organizados ni politizados empezaban a quemar coches, escuelas, comisarías…nadie sabía como dar respuesta. De hecho, se cayó en la propia trampa de la sociedad del espectáculo: los espectadores tranquilos de clase media encendían el televisor a las 8 de la noche para observar aquella “salvajada” de incivilizados (y, así, aliviar sus pulsiones y sentir la tranquilidad de sus propios barrios, un visionado autocomplaciente) mientras la prensa buscaba la mejor hoguera de aquel día. La gente desea ver violencia y la prensa actuaba en consecuencia. Por otro lado, los jóvenes olvidados de la periferia también esperaban con anhelo la hora del telediario: por primera vez sus barrios eran los protagonistas, por primera vez en sus vidas fueron personas que existían para la sociedad en la que viven. Acostumbrados a ser despreciados y marginados por las clases dirigentes, por los medios de comunicación y por el francés blanco, católico y de clase media parisina, cogieron conciencia de su fuerza. Fue un grito de vida, una rabia digna, la última forma que les quedaba para entrar en diálogo con una sociedad que nunca los trató como a unos iguales.

Los localizados disturbios fueron el síntoma de una enfermedad que atraviesa a casi todos los países occidentales y que se está agravando con la crisis. La división racial y de clase en las ciudades más importantes de occidente es una brecha que parece insalvable. Una división que se hizo física desde el comienzo, se hacinaron y amontonaron a todos los trabajadores pobres migrantes en las afueras de París. De esta forma, los blancos y ricos podían ahorrarse el tener que lidiar y ver la otra cara de su sistema.

III-Existencias sin sustancia

Zizek afirma que nos estamos desplazando hacia una realidad virtual, sustrayendo todo lo que tiene de peligroso la realidad cruda: café sin cafeína, cerveza sin alcohol, nata sin grasa, cigarrillos sin tabaco. Se le sustrae a la existencia su sustancia para eliminar aquello que tiene de nocivo, de peligroso. Del mismo modo, las ciudades más importantes del capitalismo contemporáneo intentan sustraer todo aquello que es propio del sistema, a saber, la pobreza que genera así como el clasismo, el racismo y la violencia que le son inherentes.  Los barrios acomodados y del centro se blindan mediante una presencia policial y de cámaras para asegurar la “seguridad” de sus habitantes y visitantes (turistas). Se erradica todo aquello que pueda indicarnos que debajo de esa realidad de cristal, de pulcritud, de perfección, de belleza existe una basura que le es co-sustancial. Pero, como en Madrid se sabe bien tras la huelga del personal de limpieza, la basura existe y tiene que salir por algún lado.

París, como Londres, como Nueva York, son ciudades escaparate. Paradigmas del capitalismo contemporáneo. Ciudades-mercancía, ciudades que se venden a sí mismas e intentan mantenerse pulcras. Como las mercancías, deben mostrarse en bonitas vitrinas para intentar atraer al consumidor, escondiendo todo lo que llevó su proceso de producción. Es ahí donde tanto duele y molesta la podredumbre, la suciedad, la imperfección del gueto. Ese gueto tan necesario para la producción de la ciudad virtual. Ese gueto feo y gris. Esa basura necesaria.

Estoy iniciando ahora una interesantísima y recomendable lectura del ensayo de David Harvey Ciudades rebeldes, del derecho a la ciudad a la revolución urbana.. No he puesto casi ninguna referencia al mismo ya que trata otros temas complementarios (se insiste ahí en el carácter alienante de la ciudad capitalista, en su relación con las crisis y en nuestros propios modos de vida y de posibilidades de revolución), pero os dejo el enlace:

https://www.dropbox.com/s/i5x4ocvgmyaal8p/David%20Harvey%20-%20Ciudades%20rebeldes%20-%20Del%20derecho%20de%20la%20ciudad%20a%20la%20revoluci%C3%B3n%20urbana.pdf

Londres en llamas

Parece el escenario de una de esas tantas películas apocalípticas que se han rodado en Londres. Cuando vi por primera vez las imágenes y se explicaron las posibles razones de los disturbios no podía sino pensar en la película Hijos de los Hombres (Children of Men) aunque la trama se parezca asombrosamente al film “La Haine”. Estamos atravesando épocas difíciles, empezamos a notar que ya no hay marcha atrás: el sistema agoniza. Roma, Paris, Atenas, Madrid, Londres…Las capitales de los estados europeos están albergando numerosas y, en algunos casos, violentas protestas. Los ciudadanos, el pueblo, la multitud, nos hemos cansado.

Los disturbios de estos días en Londres son catalogados como “violencia sin sentido de jóvenes problemáticos”. Nos intentan vender la idea de que es puro gamberrismo, diversión de jóvenes marginados. Ya claro. Hay una cuestión de fondo.Fácil respuesta a una complicada problemática. Invisibilización e imposición del marco de análisis.

 

Unos agentes de la policía  asesinaron a una persona de 29 años -Mark Duggan-  el jueves pasado en Tottenham, no he oído en ningún medio de qué raza era esa persona, pero en la manifestación primera habían muchas personas de raza negra. Ahora los medios dirán que la raza no importa…¿No será, como aquella vez que confundieron a un brasileño con un terrorista en el metro de Londres únicamente por el color de su piel, un caso más de violencia racial? No, dejemos correr un tupido velo sobre el asunto. El problema de fondo son todas esas personas de otros países que están siendo tratadas como pañuelos de usar y tirar, son el cuarto mundo. Nunca se les respeta, nada más llegar ya les estamos cuestionando, ya les exigimos que se integren. La integración es siempre movimiento de asimilación, no es lo mismo que la inclusión. Nada más llegar se les encierra en guettos y se les aparta de la vida cotidiana y “normal” del país.

Esos ciudadanos ya son formalmente británicos. No tienen las mismas oportunidades que el resto de personas blancas y están siendo marginadas. El estallido de violencia no es más que la punta del iceberg de una cuestión social mucho más amplia. No sólo con la inmigración, sino con la decadencia de nuestro modo de vivir y de nuestra sociedad. De unas desigualdades que no dejan de crecer, de un sistema obsoleto.La rabia contenida de todos estas personas estalla de vez en cuando y cuando estalla ocurren hechos como los de Londres. La rabia se retroalimenta entre los que están dentro y los que están fuera. Cada vez son más los que están fuera. Un problema latente continúa.

Dijeron que Breivik era un “loco psicópata”, ahora dicen que los jóvenes que están protagonizando los disturbios son “gamberros, vándalos..”. Intentan esconder los problemas que están aconteciendo e imponernos un marco determinado de análisis. ¿Saben por qué? Porque en el mejor de los mundos nadie puede estar tan descontento. Nadie puede cuestionar el sistema en sí. Los indignados españoles también hemos entrado en esa lógica, ya que se han tenido que declarar en muchas ocasiones”reformistas”  ante los medios. Sigue siendo el mejor de los mundos, pero con algún defectillo de fábrica. Terrorismo del lenguaje y manipulación. Breivik está tan loco o es tan terrorista como un integrista islámico y los gamberros más que gamberros son jóvenes sin futuro, sin esperanza y cabreados, muy cabreados con el sistema que los margina, los aparta y los asesina. ¿Quién empezó esta vez? ¿Quién mató a un ser humano? Las fuerzas de seguridad del estado inglés.

Las cosas no ocurren así porque sí, caídas del cielo. Son el fruto de multitud de circunstancias materiales, de las fuerzas sistémicas. Es en ese punto que nos tenemos que preguntar qué falla. Cameron ha dicho que blindará la ciudad con 16 000 policías. Las causas subyacentes de la violencia social continuarán, la represión nunca solucionó nada. La situación se vuelve insostenible. Veremos si hay juicios a los asesinos de Duggan. Si hay condenas. Nadie se escandalizó desde el establisment con la trágica muerte de Mark. Ahora se escandalizan pues pierden el control social. Les interesa seguir marginando y les gusta la posibilidad de poder encerrar a todos aquellos elementos molestos para el sistema.

Dice Zizek que los saqueadores de Londres son la última pieza del sistema consumista de occidente. Frente a las órdenes superyoicas de consumo obligatorio, cuando una clase social está excluída de esos imperativos deseantes, simplemente llegan al final, al umbral del razonamiento y consiguen sus mercancías, en este caso sin pagar. Era una fiesta consumista, una fiesta capitalista de la parte sin parte.

Se avecina otra crisis, otra recesión, del capitalismo. Es hora de cojer las riendas de nuestras vidas. Seguir con la lucha y no dar ni un paso atrás. No podrán con un pueblo consciente y combativo.