La abolición del género es cosa de todxs pues la dominación masculina nos oprime a todxs

Acabo justo de leer un artículo titulado Què podem fer els homes per la lluita feminista? (click para ir al escrito) que apunta muchas cosas interesantes sobre la participación de los “hombres” en la lucha feminista pero que, en mi opinión, se equivoca en su punto de partida.

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Arrastramos todavía ciertos tics de un feminismo que suele reducir la compleja problemática de las dominaciones masculinas al binario supuestamente antagónico hombre/mujer y que, por lo tanto fácilmente cae en los esencialismos. Que no se me malinterprete, el primer movimiento de enunciación feminista es imprescindible para el empoderamiento de las mujeres. En los roles asignados por el heteropatriarcado y la dominación masculina, a la mujer se la ha recluido e invisibilizado en el espacio privado de la casa. Se la ha excluido siempre de la vida pública y de toda aquella actividad espectacular (deporte, arte…). Todo lo relacionado con las mujeres ha sido siempre, desde los discursos hegemónicos, llevados hacia lo oculto, lo invisible, lo misterioso (la vagina es aquello que no se puede conocer, oscuro etc, en los textos bíblicos y no tan bíblicos se nos presenta a la mujer como una persona que maquina por detrás de las cosas, es invisible pero mueve los hilos, en la literatura española encontramos la paradigmática Celestina). De ahí que los movimientos feministas hayan y sigan necesitando y ejerciendo de esa enunciación y empoderamiento del espacio público, ganar esa visibilidad negada por el patriarcado.

Ahora bien, muchos feminismos (y, sobre todo, el feminismo de la diferencia, un enemigo de la lucha feminista y de la abolición del género) han recogido por la mano derecha aquello que soltaron por la izquierda. No hay ningún opuesto a la Naturaleza. Hay que superar los binarios que esencializan en categorías dicotómicas -bueno/malo, hombre/mujer, social/natural-, no hay ninguna esencia “mujer” ni ninguna esencia “hombre”. Hay sistemas y estructuras de opresión. No podemos seguir alimentando ese absurdo discurso destinado a mantener las estructuras de poder vigentes y establecidas en la que habría una cosa tal como ser “hombre” o ser “mujer” con características naturales propias a cada cual. No hay ninguna antropología a hacer aquí, no hay ninguna esencia. Los discursos y las prácticas transexuales son claras en cuanto a este aspecto.

Los hombres como las mujeres son un efecto de la estructura de opresión sexista y patriarcal que nos atenaza. Los apelativos hombre y mujer son fruto directo de la dominación masculina, dominación que beneficia en su mayoría a los hombres pero no únicamente, pues es un sistema, una estructura y no hay tal cosa como “hombres” o “mujeres” sino roles asignados y proyectos políticos para cada cual. La feminidad no se puede concebir sin la masculinidad, es un sistema relacional en el cual se asignan unos roles a lo masculino -virilidad, agresividad, fortaleza, coraje, heroísmo, razón, insensibilidad- y a lo feminino -ternura, sensibilidad, irracionalidad, sentimientos, debilidad corporal y física-. Y son intercambiables, aunque el proyecto de masculinidad se orienta a fortalecer y crea la categoría “hombre” para que sea dominante y subyugar a lo femenino destinado a las mujeres.

Todo esto no lo digo por decir. En el artículo que os pongo en el principio de esta entrada se presupone que “hombre” y “mujer” son dos categorías claramente separadas y se niega que la dominación masculina y el patriarcado nos oprime a todxs (aunque NO por igual). Cuando partimos de esa premisa del artículo, compartida por ciertos feminismos, estamos afirmando que el hombre es sujeto activo de la opresión y que la mujer es un objeto pasivo oprimido (víctima). Ya de entrada, el título del artículo nos marca claramente esta premisa sexista en la cual se enuncia “qué podemos hacer los hombres por las mujeres?”.  Se sigue exactamente este esquema en el cual el hombre es sujeto activo, es como si estuviera ya liberado de toda opresión y se limitara a ejercerla como tal. No quiero aquí negar que se tienen PRIVILEGIOS por ser hombre. ahora bien, esos privilegios solo se dan de entrada, cuando fallas en la mitología e imposiciones de roles que se esperan de ti y que te han asignado ya no tienes ningún privilegio (pensemos en el marica, en el hombre cobarde, en el hombre sensible, en el hombre que deviene mujer, que son la mayoría de los casos, los hombres nunca cumplen con el proyecto de héroes que se esperan de ellos).

Hay demasiada tendencia en victimizar a las mujeres y no a hacerlas sujetos activos de enunciación y resistencia. El correlato de la victimización de las mujeres es el paternalismo y la propia negación del sujeto mujer. Allí dónde hay poder hay resistencia, como ya nos dijo Foucault. Un caso claro de esta victimización e infantilización es el de la anorexia. Recogida por Itziar Ziga en Devenir perra del estudio de la doctora Paloma Goméz titulado Lo que nunca te han contado sobre la anorexiala idea de que la anorexia es algo que ha surgido en el siglo XX fruto de las modelos en las pasarelas es falsa y reproduce un esquema de paternalismo hacia las mujeres. La anorexia ya se daba en el siglo XIX cuando existían otros cánones de belleza. La anorexia fue una forma de resistencia contra la feminidad impuesta a las mujeres. No me extiendo mucho en este punto pero os he dejado el enlace y las referencias por si os interesa este tema.

¿Cuál es la primera consecuencia de este esquema de análisis y de lucha? Pues que el hombre debe ayudar o participar en la tarea de la liberación de género por pura moral. O esperar que las mujeres tomen el poder y nos devuelvan a nuestro sitio de no opresores (en este sentido, se suele caer en la absurda y homogeneizadora hombres contra mujeres, y, el tono del artículo, confirma esto pues debemos estar con las mujeres pues es lo que está bien para ellas).

Mi posición, sin embargo, por mucho que en el artículo se acierte a señalar los pequeños micro-machismos que nosotros realizamos y ejercemos por inercia y que hay que combatir, es que el sexismo y el patriarcado  son un sistema, con una estructura estructurante de dominación que benefician a un cierto y pequeño grupo compuesto de hombres pero también de mujeres (pensemos en las burguesas, o en Thatcher, o en Angela Merkel). Los hombres no son sujetos activos de opresión sino efectos de la estructura de poder, al igual que las mujeres, son objetos y partes de una estructura de cuyas fisuras emerge la subjetividad (que también cuenta). El hombre no ha alcanzado ningún proceso de individuación (como si hubiera el hombre alcanzado la posición de individuo) en el patriarcado, pues el patriarcado le impone al hombre que sólo es hombre en tanto cabeza de familia. Una vez desposeído de dicha cabeza de familia deja de ser patriarca y, por extensión, hombre. De aquí se deriva que la estructura de dominación masculina nos oprime a hombres y mujeres, de forma distinta y con brutalidades e intensidades divergentes. Pero nos oprime. Y por eso la lucha contra el patriarcado, contra el machismo, contra la dominación masculina es la lucha por la abolición del género y, sobre todo, es una lucha POLÍTICA y no MORAL.

Muchas feministas pueden preguntarnos en qué nos oprime a nosotros el patriarcado. Para mi y siguiendo la tesis de la feminista Maria Jesús Izquierdo, en dónde se vislumbra más claramente la opresión masculina sobre los hombres es en la estructura del ámbito del deseo (en contraposición a la estructura económica, que está claramente masculinizada y oprime al colectivo de mujeres). La estructura sexista del deseo impone al hombre que deba poseer, conseguir y conservar a la mujer. A la mujer, sin embargo, se le impone el deseo de ser deseada (debe de ser deseada, reconocida, aprobada). En la literatura y cultura de masas se ve claramente esto (hombre que lucha heroicamente por conseguir a una princesa). El problema de esta estructura, de esta organización del deseo es que tiene un altísimo precio para los hombres. El objeto de deseo del hombre es exterior a él -es una mujer, a la que además, en parte, debe cosificar- esto implica una pérdida, un empobrecimiento, de la propia líbido. Se pierde pues la capacidad de proteger la propia vida y los propios intereses, como ya nos advirtió Freud. La masculinidad está asociada a un menor índice de supervivencia, el arrojarse al suicido, a la agresividad, a la lucha corporal, a la muerte, menos que estar debido a causas “naturales” es debido a esta organización del deseo. El patriarcado, la dominación masculina, oprime pues violenta y brutalmente a los hombres, sobre todo en este ámbito del deseo que conlleva una altísima agresividad entre nosotros pero también, muchas veces, materializado contra las mujeres. Los mitos del amor romántico siempre basculan y se mueven en esta determinada organización del deseo. Y son altamento opresivos para hombres y mujeres.

Existe una gran violencia ejercida por los hombres contra otros hombres y contra las mujeres. Del mismo modo que las violaciones son mayoritariamente ejercidas contra las mujeres pero también contra los hombres. Cuando hay una dominación masculina, los hombres en cada momento deben ejercer dicha dominación, no limitada exclusivamente a las mujeres. Aunque es cierto que entre hombres se está entre “iguales”.

En la mujer el deseo de ser deseada implica el narcicismo, lo que conlleva el peligro de que únicamente una puede quererse en la medida que es querida. Que quede claro, nada de homogeneizar, cuando hablo de mujeres y hombres hablo como antes, en la medida que las asignaciones de género se asocian al sexo de nacimiento (y siempre de forma visual, estética), pero como no hay nada natural ni biológico que nos determine siempre hay líneas de escape y cambios de roles y asunciones de otras expectativas.

Los cuerpos de los hombres están destinados a servir al Estado y a las clases dirigentes en las guerras y las industrias y el de las mujeres a la reproducción de otros humanos. La dominación masculina afecta y oprime en diferente grado e intensidad a unos y otros.

De momento no quiero extenderme mucho más (sé que todo esto es muy largo y da para mucho), pero quiero resaltar y destacar que también hay costes y una gran opresión en los hombres fruto de esta estructura de dominación masculina, sexista y patriarcal. Y que, por lo tanto, en la lucha contra la abolición de género y en la lucha feminista, nosotros hombres por sexo no sólo tenemos que trabajar y combatir todas aquellas actitudes machistas y masculinistas que reproducimos sino que también tenemos opresiones de las que liberarnos. EN la lucha feminista estamos todxs metidxs y por razones políticas. También porque no tenemos porqué asumir todos esos roles de héroes machos, como si no pudiéramos ser sensibles, ni tiernos. Mención aparte de todo lo que conlleva la heternormatividad y el correlato,  imposiciones  y opresiones que conlleva (tanto para los bio-hombres como para las bio-mujeres).

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El amor “romántico” es patriarcal

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Antes de empezar el artículo me gustaría clarificar que cuando hablo de “amor romántico” me remito al sentido que comúnmente, en la calle, se le atribuye a “romántico”. Es decir, a toda esa palabrería, juego de conceptos y frases vacías estilo “siempre te querré”, “eres la mujer de mi vida”, “sólo tengo ojos para ti” alimentados hasta la saciedad por el fuego a discreción de una artillería de películas made in Hollywood. Este tema suele tocar la fibra sensible de muchas parejas y admito que es muy delicado. En la cultura latina, extremadamente machista, nos ha costado mucho introducir debates de este calibre y hemos asimilado actitudes y códigos de dominación e interacción muy complicados de superar. Sin embargo, me parece muy importante fomentar debates en torno a esta problemática. El denominado amor romántico suele ser utilizado como pretexto para subyugar a las mujeres, para encadenarlas a relaciones impregnadas de violencia machista.

Los pseudocientíficos neo-darwinistas actuales intentan buscar en la biología la explicación de la diferencia de roles y comportamientos en el ser humano. A través de la explicación evolutiva, se intentará entonces justificar porqué existen los celos, la monogamia o la posición de la mujer en nuestras sociedades. De esta forma, argumentarán cosas del estilo: “una mujer siempre sabe que el hijo que lleva en el vientre es suyo (pues lo lleva ella, no hay equivocación posible) mientras que el hombre nunca puede estar 100%  seguro (las pruebas de ADN son muy recientes), esto ha provocado que los celos del hombres estén enfocados al sexo y no al aspecto emocional. Por el contrario, la mujer quiere tener un hombre que cuide de ella y sus hijos, para mantenerlo es necesaria la conexión emotiva y por ello sus celos siempre estarán centrados en aspectos emocionales” (D.Stamos; Evolución: Los grandes temas). Este tipo de afirmaciones, que presuponen una cadena de factores entrelazados inimaginable, son las que intentan justificar la sumisión de la mujer además de suponer, aunque de forma implícita, una legitimación de la institución del matrimonio vigente. No tengo mucho espacio para rebatir de forma científica la afirmación ahora expuesta (no quiero hacer un tratado) pero hay algo ilustrativo: si bien ambos géneros pueden tener celos, las legislaciones occidentales (y casi mundiales) siempre han sido en favor del hombre y no de la mujer (por ejemplo, la mujer infiel podía ser ahorcada, el hombre infiel de ninguna manera).  La explicación evolutiva desprovista del construccionismo social o de la dominación de género como posibles teorías explicativas de las relaciones queda así claramente limitada. Y me he ido muy lejos, como han demostrado los antropólogos, aunque también los etnólogos lo han estudiado en diferentes tribus, los humanos en otras épocas y otros sitios no tienen claro el origen de la vida. Es decir, no establecen una relación directa entre la penetración y la concepción de otrx ser humano. Además de que la crianza siempre ha sido colectiva en los grupos de cazadores-recolectores, así como en numerosas tribus de distintas partes del mundo.

Todo esto no lo digo por decir, hay una extendida creencia entre los partidarios del “amor romántico” que asegura que “los celos son positivos, ya que significa que el otro piensa en mí y que le importo mucho”. Los celos, la “fidelidad” (mal entendida) son la columna vertebral de las relaciones de pareja vigentes. Desde un punto de vista neutro (sin tener en cuenta el género), los celos son en sí mismos una enajenación pues nacen del deseo de posesión. El simple hecho de querer poseer la voluntad de la otra persona, es, para empezar, una cuestión quimérica pero, todavía mucho más grave, lleva en sí la lucha de poder y la voluntad de querer someter a una persona a tus propios deseos, de esclavizarla. Esto es para ir abriendo boca (no tengo en cuenta el género). Pero el hecho es que además, la posición dominante del hombre en nuestras sociedad (no entraré en la genealogía de ésta en el artículo) acaba por imponer su criterio que se ha manifestado de forma brutal con la violencia machista en nuestras sociedades. Los celos operan como un mecanismo de dominación por parte del hombre hacia la mujer. El asesinato que muchos hombres perpetran contra las personas con las que están casados -o no- es la última fase de este deseo que nunca puede satisfacerse: querer poseer la voluntad de la mujer a toda costa, hay un momento que la proyección que ellos mismos realizan del mismo hacia la otra persona, al ser inalcanzable, se traduce en la eliminación física de la otra persona. Muchas veces suele continuarse por el suicidio del hombre, que se da cuenta que una vez muerta la otra persona tampoco podrá ser dominada. Éstos son los casos más extremos, pero el querer controlar a tu pareja en todo momento es simplement el comienzo de este fatal camino, cuyo origen son los celos y el deseo de poseer y dominar voluntades ajenas.

El “amor romántico” está contaminado completamente por los celos. Cuando el hombre afirma “siempre te querré” “eres la mujer de mi vida”, suspendiendo al tiempo, haciéndolo inmutable, confundiendo fase de enamoramiento con amor está inoculando la semilla de los celos en ti misma. Establece de entrada códigos de dominación. Al ser la mujer de su vida -y no de la tuya propia- ya está, de forma subyacente, asegurando que te posee (pues eres de SU vida). Cuando esta afirmación la realiza la mujer (“eres el hombre de mi vida”), la situación puede ser todavía peor. Idealizando la posición del “príncipe azul” estás a la merced de su voluntad (no por nada, tal como están las cosas, al llevar el patriarcado en nostrxs mismxs, la relación de entrada ya es desigual y vas a otorgarle y concederle todo lo que él quiera). Desintoxicarse de siglos de supremacia masculina en unos pocos años es siempre empresa complicada.

Muchas personas han interiorizado de tal manera los valores dominantes que pueden ver positivo que su pareja sea celosa.  Viene después todo el discurso pseudoromántico para afianzar la posición hegemónica del hombre en las relaciones personales. Podéis hacer la comprovación vosotrxs mismxs en vuestras relaciones cotidianas, muchas veces el hombre muy celoso es violento y agresivo (y así se lo hará ver a su pareja, a la que intentará dominar como pueda a través de distintos mecanismos; violencia verbal o física, códigos disciplinarios que crean poder etcétera). La mujer celosa, por su lado, muchas veces suele intentar cambiar su actitud en el sentido: ¿Qué quieres que haga? “eres un cabrón, ¿por qué me haces esto?, ¿No me quieres?”para complacer todavía más a su pareja. Nótese la diferencia de trato. EL hombre celoso más que buscar complacer a su pareja, por su posición dominante lo que hace es ejercer su autoridad y su control. La mujer no ejerce su autoridad sino que manifiesta e intensifica su sometimiento. El “amor romántico” lleva aparejado todo este sistema de poder.

Ya me he extendido mucho más de lo que quería. El tema trae mucha cola la verdad pero es que queda mucho trabajo por hacer (en todos los niveles, laboral, social..). El patriarcado, alimentado por el capitalismo, se manifiesta en nuestra vida diaria de múltiples formas. Las actitudes machistas son nuestro pan de cada día, desde la mujer sometida a la dictadura de la imagen (impuesta por los hombres), maquillaje como burka occidental (como dirían los chikos del maíz) hasta la distribución de tareas o los valores predominantes en nuestra sociedad (competencia, violencia, lucha de poder..). El alba de la sociedad que elimine las desigualdades de género está todavía lejos aunque vamos haciendo camino.

Desde aquí hacer una apología del amor libre, el amor que respeta la autonomía de la otra persona, que no intenta ni busca dominarla, que no es celoso, que no es posesivo, que ama la propia imperfección y que reconoce que estamos todos interconectados y al mismo tiempo tenemos nuestros márgenes de libertad. Que busca romper con las estructuras impuestas por el patriarcado para encontrar la igualdad y el mutuo reconocimiento. Es un camino complicado, desprenderse de muchos códigos culturales (ya sabemos que la mujer que se acuesta con diversos hombres tendrá la desaprovación y la condena social, todo lo contrario que el hombre) es muy duro. Debemos colaborar juntxs y promover del amor libre en todas las faceta de nuestra vida.

Prostitución:¿Regulación o abolición?

(en este post profundizo en el tema de la legalización del trabajo sexual que ya comenté en otro artículo –clic aquí para acceder–  ya que necesitaba de una justificación más o menos fundamentada, el trabajo está basado en un imprescindible y muy detallado y bien argumentado artículo de Daniela Heim, clicar aquí para acceder al mismo)

Entre las feministas existe un intenso debate en torno a la problemática de la prostitución. Dos posiciones irreconciliables (el abolicionismo y el regulacionismo) pugnan por intentar ser la posición hegemónica que mejor defienda la precaria situación de la mujer en nuestros días. Tienen un punto en común: la prostitución es la manifestación más brutal del patriarcado -que el capitalismo alimenta- y la feminización de la pobreza. Ahora bien, sabiendo que siempre ha existido y que actualmente sigue sin ser extinguida, ¿Cómo le hacemos frente? Dividiré este breve artículo en dos partes, por un lado la posición abolicionista y todos los argumentos esgrimidos por ésta y por el otro la posición regulacionista.

Ilustración de Patrick Thomas para el periódico Público

 Las abolicionistas (no confundir nunca con las prohibicionistas) consideran la prostitución como violencia de género y ocio masculinizado que reproduce las relaciones de poder y dominación del hombre en nuestra sociedad. Realizan siempre la analogía entre las mujeres maltratadas por sus maridos y las mujeres que se ven obligadas a prostituirse. A través de esta analogía intentan justificar el hecho de que las prostitutas no llegan nunca a ejercer una libertad de elección real, incluso en entornos no-violentos el simple hecho de utilizar tu cuerpo como una mercancía –perdiendo tu integridad física- significa que ha sido violentado. Algunas feministas contemporáneas, como Jane Anthony, consideran que las mujeres están tan acostumbradas a la explotación y a la violencia que reportan menos la violencia de género intrínseca a la prostitución en relación a la violencia habitual de golpes y violaciones. Esta equiparación es la razón por la cual jamás podrá ser considerado como un trabajo el hecho de ejercer la prostitución. Este fenómeno implica que no se pueda reivindicar los derechos laborales de las prostitutas (ya que no pueden ser consideradas como trabajadoras) ni que pueda ser legalizada esta actividad. Las abolicionistas suelen añadir que la legalización fomenta, legitima y anima a la prostitución, así como significa la legitimación del “putero” (el que maltrata a las mujeres al penetrarlas).

A diferencia de las prohibicionistas, las abolicionistas tienen un discurso bastante profundo que va mucho más allá de la mera prohibición de esta práctica. Propugnan una abolición de la prostitución como institución social que siempre tendrá que ir acompañada de la superación del sistema capitalista. Hay un discurso estructuralista neo-marxista muy marcado y rechazan, al igual que éstos en el campo económico y político, un cambio gradual, reformas en el sistema vigente como posible vía para eliminar la prostitución. La reforma/regulación es poco práctica para acabar con la misma y además es una aberración moral. La posición es perfectamente resumida por Andrea Dworkin:

Prostitution is intrinsecally abusive. Let me be clear. I am talking to you about

prostitution per se, without a woman being pushed. Prostitution in and of itself is

an abuse of a woman’s body” (Andrea Dworkin, 1993, cita extraída del trabajo de Daniela Heim).

Uno de los problemas esenciales de la posición abolicionista es que parece tener, al igual que el resto del cuerpo social, ciertos prejuicios que estigmatizan a la meretriz. En efecto, para empezar y como ya señaló Pheterson (1989), hace prevalecer este estigma por encima de otras circunstancias vitales para crear categorías diferenciadas de mujeres (“putas y no putas”) y establece la diferencia entre lo que es la mujer y lo que debería ser. Además de ello, pone demasiado acento en el simple intercambio monetario (una mujer puede tener sexo con mil hombres y no pasa nada pero si cobra alguna vez por ello ya es opresión) que caracteriza al trabajo sexual obviando que existen otros mecanismos de opresión y subyugación más sutiles e igualmente violentos.

Otra cuestión delicada es el de la subjetivización política de la trabajadora sexual. Legalizar o regular la prostitución conlleva que la trabajadora pase a ser un sujeto político-jurídico, un agente más del cambio social y una normalización de su vida. La inclusión de este colectivo en la vida social debería ser un imperativo para acabar con el estigma que recae sobre el mismo, además de que deben decidir sobre lo que les atañe como el resto de sectores sociales. Sabemos que la pobreza es la principal causa de que las mujeres acaben prostituyéndose, también sabemos que la revolución socialista que extirpará la pobreza de nuestras sociedades parece lejana, lo mínimo que podemos hacer es proteger a los más débiles en la medida que sea posible. El trabajo sexual está remunerado porque existe una demanda que no se va a eliminar de hoy para mañana, lo mínimo es que esas personas que estén trabajando en ese sector puedan disponer de los derechos laborales de los que disfrutan el resto de los trabajadores (prestación por desempleo, pensión de jubilación, baja por maternidad, protección ante los jueces de los abusos etc…).

De la equiparación violencia machista de los maridos contra sus mujeres y la violencia sexual que supuestamente sufren las trabajadoras sexuales así como con el trabajo infantil subyace un paternalismo y una voluntad moralizadora ciertamente preocupante. Se reniega de la capacidad de autogobierno de esas trabajadoras (es ilustrativo que se las compare con los menores, que por definición son los que carecen de esa capacidad ya que no han desarrollado el raciocinio ni son maduros, aparte de que la abolición del trabajo infantil también responde a la necesidad de la igualdad de oportunidades, la prostitución es el último y desesperado recurso de la adulta a la que no le queda otra) tratándolas como sujetos carentes de conciencia lo que es, en sí mismo, un postulado bastante machista. Además, hay trabajos -como el de boxeador- que también implican violencia física aunque consentida y controlada (nadie habla de violar a las trabajadoras sexuales).

Por otro lado, no es incompatible la legalización con programas de integración de las trabajadoras sexuales. Programas de reinserción laboral, de ayuda a ese colectivo para que puedan escapar de esa profesión. Luego estaría el tema de la lucha contra la trata de blancas que se complementaria con el resto de programas.

Para concluir, si bien a largo plazo y como objetivo ulterior la abolición es el camino no podemos abandonar a las trabajadoras sexuales que actualmente están sufriendo una opresión y explotación de género además de la legal y la social (triple castigo) y por ello defiendo que el trabajo sexual deba ser legalizado. Gradualmente y combatiendo los mecanismos estructurales que lo provocan se podrá llegar a una abolición real y efectiva, pero por el momento hay que intentar ser más prácticos y reconocerlas como sujetos políticos-jurídicos para su inclusión social y su autoprotección. Por último, no hay que olvidar los diferentes contextos. Legalizar o regularizar en algunos países (los del Tercer Mundo) no es lo mismo que regularizar en el primer mundo (como en Holanda).

El sexismo en la lengua castellana

Sé que llego tarde, tendría que haber hecho esta entrada en homenaje al día de la mujer trabajadora (8 de marzo) pero por culpa de algunos contratiempos me fue imposible. 

El pasado 4 de marzo la RAE hizo público el informe en el cual se afirmaba que un “el lenguaje no sexista NO SE PODRÍA HABLAR“.  Es una curiosa conclusión pues el lenguaje es el límite de nuestro mundo (además de ser el reflejo de la cultura en la que nació). Según la RAE fuimos, somos y seremos machistas, la idea implícita que subyace de tal conclusión es clara: la mujer es inferior, hasta tal punto que un lenguaje que la respetara “no podría ser hablado” (es decir, no existe esa posibilidad en nuestro mundo).

Para ilustrar el machismo de nuestra lengua vamos a mostrar algunos ejemplos:

Uno cualquiera: uno que pasaba por ahí

Una cualquiera: una puta

Un hombre público: un ciudadano conocido

Una mujer pública: una puta

Un zorro: un tío listo.

Una zorra: una puta

Un hombre alegre: un sujeto que muestra su alegría

Una mujer alegre: una puta

Un guarro: un individuo sucio, sin aseo.

Una guarra: una puta

Un fresco: Persona desvergonzada

Una fresca: una puta

Un gallo/gallito: Un valiente.

Una gallina: Puta, cobarde.

Coñazo: pesado, plumbeo, aburrido

cojonudo: fabuloso, genial

Podemos seguir así ad eternum. El léxico disponible para definir a una trabajadora sexual es interminable. El lenguaje retrata la sociedad en la que fue concebido, sabemos que hemos sido y somos unos machistas pero la RAE no puede alimentar este machismo con sus informes.

Nos queda mucho trabajo por delante, pero junt@s lo conseguiremos.