Una aproximación crítica a la teoría del valor (II)

Una crítica a la teoría marginalista del valor y al marxismo ortodoxo

el roto

A finales del siglo XIX con la llamada “revolución marginalista” y, sobre todo, a partir de la escuela austríaca, se empezó a concebir los precios como una expresión que dependía de la función de utilidad que los individuos asignan a los bienes y a los servicios. De esta forma, todo valor se reduce a su expresión de valor de uso y no a su valor de cambio, como ocurre con Smith y Marx. El problema que plantea el reducir todo valor a su valor de uso es que hay muchos bienes que únicamente se expresan en su valor de cambio. Bienes tan importantes como el aire o el oxígeno, que todavía siguen siendo bienes comunes, sólo pueden expresarse en su valor de cambio. El ejemplo paradigmático de esto sería la lucha contra la contaminación en un área delimitada, que exigiría del empleo de capital –máquinas- y del trabajo –fuerza de trabajo de las personas empleadas para purificar el aire de esa zona determinada- y cuyo valor creado únicamente podría ser medido a través del valor de cambio y no del valor de uso o de su función de utilidad. Por ello, las teorías sobre el valor surgidas de los marginalistas y de la escuela austríaca no acaban nunca de capturar la complejidad de la creación del valor y parecen destinadas más bien a naturalizar y justificar la creación de precios ya dados y existentes y no tanto a explicar los mecanismos de la creación de los mismos.

El hacer recaer sobre los individuos la totalidad de la teoría del valor, como una teoría subjetiva en la que en base a la escasez y otras consideraciones de tipo subjetivas provoca, al mismo tiempo, la consideración según la cual la totalidad de la sociedad humana es igual a la suma de sus partes que en última instancia es la que determina el valor de las cosas.

Los marginalistas obvian el hecho de que la mercancía es una forma de objetivación de las dos dimensiones del trabajo en el capital -del concreto y del abstracto- y que es su propia mediación social. La mercancía tiene un doble carácter: el valor y el valor de uso. En tanto que objeto, la mercancía disimula las relaciones sociales que fuera de ella no tienen otro modo de expresión.

Siguiendo a Postone, este doble carácter de la mercancía se exterioriza materialmente en la forma-valor: en tanto que dinero (forma fenoménica del valor) y en tanto que mercancía (forma fenoménica del valor de uso). Aunque la mercancía es una forma social que integra y lleva en sí tanto el valor de uso como el valor, el resultado de esta exteriorización es que la mercancía se nos aparece únicamente en su dimensión de valor de uso, como puramente material, como cosa. Los marginalistas principalmente, aunque también otras corrientes, caen constantemente en este fetiche y no logran escapar a él. Capturando la mercancía como algo puramente material, como cosa, analizan el valor cómo únicamente valor de uso y no logran entender la doble dimensión de la forma valor.

 El dinero aparece entonces como único depositante del valor, como manifestación del abstracto puro en lugar de la forma fenoménica de la dimensión-valor de la mercancía misma. Es en este nivel,  en la forma de las relaciones sociales objetivadas específica al capitalismo, que se nos aparece  la oposición entre el dinero -en tanto que abstracto-  y la naturaleza material en tanto que concreto. Oposición que funda muchas de las problemáticas que hoy nos encontramos: cuando ciertos economistas, incluso críticos, hacen apología de la industria o argumentan que el problema de la crisis que padecemos hoy es el resultado de haber desconectado el mundo financiero del mundo material “real”, industrial, estamos cayendo de lleno en el fetichismo de la mercancía. Estamos reproduciendo la forma en la que se nos aparece el dinero en tanto que abstracto y el producto, la cosa, la mercancía, en tanto que concreto. Es decir, el sistema financiero en tanto que abstracto y el sistema industrial en tanto que concreto, cuando ambos son parte de un mismo núcleo indivisible.

Encontramos en este punto uno de los aspectos más problemáticos del fetiche pues las relaciones sociales capitalistas se nos presentarán ante nosotros no como lo que son, sino de forma antinómica, como la oposición del abstracto y del concreto.

Marx partiría, en principio, de la base de que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla. Este trabajo socialmente necesario se refiere al trabajo humano abstracto, es decir, al gasto de esfuerzo físico y mental humanos, independientemente de las características concretas del trabajo (alfarería, herrería, etc.) y que sirve al mismo tiempo como mediación social. Pero, como hemos comentado antes, la mercancía como producto del trabajo concreto y del trabajo abstracto no puede únicamente ser un objeto de uso en el que se objetiviza el trabajo concreto, sino que es, por consecuencia, una forma de relaciones sociales objetivada. Al ser la mercancía una forma de objetivación de las dos dimensiones del trabajo en el capital (del concreto y del abstracto) es su propia mediación social y tiene pues un doble carácter: el valor y el valor de uso.

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