Una aproximación crítica a la teoría del valor (I)

Inicio una serie de tres artículos que extraigo de un trabajo que realicé para la universidad criticando la teoría del valor tal como se formuló por la economía clásica y neoclásica y por ciertas corrientes del marxismo ortodoxo. Criticar la forma valor en el capitalismo contemporáneo es un eje fundamental para poder dotarnos de herramientas analíticas y teóricas que puedan servir para la emancipación social.

La moneda como condición de posibilidad para la existencia de los mercados

dolar

La teoría económica clásica se formuló y matematizó para justificar el axioma que la fundaba, éste es, que el vector de precios siempre tiende hacia los precios de equilibrio. Una aproximación que siempre pareció fundamentarse en la hipótesis según la cual las fuerzas de mercado, liberadas de cualquier tipo de amarre, tendían naturalmente hacia unas posiciones de equilibrio en las cuales la tendencia de la oferta de un bien o servicio  siempre tiende a igualarse a la demanda de ese mismo bien o servicio. La mayoría de economistas clásicos y neoclásicos fue, aceptando ese primer supuesto, justificar porque el vector de precios tiende hacia esa convergencia de precios en el cual el precio de un bien es únicamente un depositante de información en un mercado dado. Una manera de encarar el problema más apologética que científica y que no ha permitido explicar cómo funcionan realmente los mercados. Equilibrio: asignación de bienes que son óptimas, todos los agentes están contentos, modelo de eficiencia de Pareto. Óptimo de Parteo: equilibrio general competitivo, criterio de eficiencia que es en realidad bastante absurdo, productores maximazaron ganancias y consumidores satisfechos, el óptimo sólo existe en el equilibrio general

En la teoría del equilibrio general, la economía es una economía de trueque Lo que nos cuentan los economistas sobre la creación del dinero es que al principio de los tiempos, en un momento indeterminado de nuestra historia, la economía funcionaba como un sistema de intercambio entre productores y consumidores en el que no mediaba nada más que las propias mercancías. Es decir, si yo produzco x cantidades de trigo y quiero y cantidades de hierro, intento calcular cuantas x cantidades de trigo equivalen a y cantidades de hierro. Es un sistema de trueque universal. Lo que sigue contando la fábula de la economía de trueque, es que para mejorar la eficiencia del intercambio, los humanos habríamos apartado una de las mercancías que sería la que serviría como unidad de valor para el resto de mercancías. Creando este elegante dispositivo, al que llamaríamos dinero/moneda, habríamos ahorrado muchos costes a la hora de llevar a buen término los intercambios.  La moneda es entonces un dispositivo neutro en la formación de precios.

Es ilustrativo que, a este respecto, Marx escribiera que la relación de cambio engendraba la forma moneda argumentando que: “las mercancías sólo pueden manifestar su carácter de valor y la cantidad de éste si se colocan sobre una base de igualdad con una cantidad determinada de cualquier cosa útil, cuyo valor esté ya demostrado. Dos mercancías revelan su valor por su comparación con una tercera, cuya utilidad, ya reconocida, da consistencia al valor de las otras dos. Esta tercera mercancía se convierte en moneda, según hemos visto en el capítulo precedente” (Marx; 28, 2011).

El problema de plantear la cuestión del dinero y de la moneda en estos términos y en estas coordenadas, es que se ha hecho abstracción de la constitución histórica y realmente documentada  de la creación del dinero. El dinero tuvo una fecha de creación y no fue para resolver los problemas que planteaba el trueque, sino que se creó en la civilización de los sumerios bajo la forma del pagaré, de la deuda.

Tal como está presentado el dinero en la teoría clásica y neoclásica, como equivalente universal, la moneda se convierte en una mercancía que se desprende de entre otras para poder generar una unidad del valor. La teoría del equilibrio general y de los distintos modelos matemáticos que intentan justificarla hacen, ellos también, abstracción de la particularidad que tiene el dinero dentro del circuito económico, como si fuese una mercancía más entre otras que se incorpora a posteriori en el mismo pero sin cambiarlo sustancialmente, lo que hace de la teoría del equilibrio general una teoría del mercado de trueque.

Veendorp fue uno de los economistas que modelizó con matrices cómo funcionarían las transacciones a precio de equilibrio y demostró que los intercambios en los mercados de trueque no funcionan, pues las matrices con únicamente tres agentes económicos interactuando e intercambiando siempre acaban bloqueadas. En los mercados realmente existentes, con millones de agentes económicos interactuando, el resultado de un mercado del trueque se vuelve absolutamente impensable. La moneda no se inventó pues para solucionar el trueque sino que es condición de posibilidad para existan los mercados.

Cuando se analiza el modelo en base a la moneda como medio de cambio y no como reserva de valor muchísimos problemas surgen, tanto a la hora de explicar cómo funcionan realmente los mercados como en la forma en la que se crea el valor en una economía capitalista. En el momento que la teoría económica clásica y neoclásica excluye a la moneda como un dispositivo que funciona de manera parcial y con impacto real en el circuito económico, esa misma teoría o esos mismos teóricos tuvieron que reintroducir la moneda en los modelos ya que al expulsar la unidad de cuenta no tenían unidad de medida. Se construyó a posteriori, tras expulsión de la moneda, la teoría del valor para restituir el espacio de homogeneidad de los bienes dispares. Es en este momento en donde nace la teoría del valor como cantidad de trabajo incorporado en los bienes/cantidad de la utilidad que le dan a su poseedor.

Adam Smith y Quesnay fueron los que introdujeron la idea de que el valor de una economía no era ni la tesorería del rey ni la tesorería del Estado sino el producto nacional bruto, entendiendo a éste como el producto del trabajo aplicado a la tierra y al capital. Nace entonces, fruto de lo expuesto en las páginas precedentes, la teoría del valor-trabajo: Smith consideraba que el trabajo era la unidad exacta de medida del valor, aunque no el determinante de los precios de las mercancías. David Ricardo apuntaló esta corriente al afirmar que todos los costos de producción eran en realidad costos laborales que se podían pagar de forma directa o bajo la forma de acumulación del capital.

Pareciera que Marx nunca acabó de escapar a este paradigma clásico de la teoría del valor-trabajo, aunque lo sofisticara incorporando la dimensión abstracta y social, siguió afirmando que: “el tiempo de trabajo que determina el valor de un producto es el tiempo socialmente necesario para producirlo, mejor dicho, el tiempo necesario no en un caso particular, sino considerado como término medio” (Marx, 18). De esta manera, aunque pueda apuntar ciertas intuiciones a la hora de realizar una crítica a la formación del valor, se puede caer fácilmente en teorías del cálculo del valor-trabajo en base a posiciones de David Ricardo que justificarían las propias características del mercado laboral existente, impidiendo una crítica que pueda contemplar un ataque a la raíz del problema en lo que respecta a la extracción de riquezas por parte de una minoría y a la propia acumulación que se produce por parte de los capitalistas. Esta es la visión dominante que los economistas marxistas ortodoxos han ido imponiendo a lo largo del siglo XX para justificar los sistemas del socialismo real. Si el trabajo existe de forma natural en los productos, la explotación reside en el problema de distribución de ese producto del trabajo y la intervención política de la clase trabajadora consistiría en apropiarse de los instrumentos del Estado o de otros para que esa distribución de produzca en su favor. Con ello, se neutraliza una crítica a la forma de producción mercantil en su conjunto y el objetivo de la lucha política sería eliminar a una clase parasitaria.

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