Estado de excepción y revolución democrática

El pasado jueves 11 de julio, el PP le rindió su particular homenaje a Giorgio Agamben convalidando el decreto ómnibus que modifica de un plumazo 26 leyes en vigor.  Al aprobar esta Ley, el PP se ha ahorrado el debate sectorializado en las Cortes de cada una de las modificaciones propuestas y efectuadas. Este singular hecho unido a la Ley Mordaza recientemente aprobada (la ley que criminaliza y castiga a toda manfiestación democrática, hasta el hecho de hacer fotos a policías que estuvieran excediéndose en sus labores represivas podrá ser considerado delito) nos confirman que vivimos en un estado de excepción permanente.

Agamben

Giorgio Agamben

Recogiendo la idea lanzada por Walter Benjamin en Para una crítica de la violencia, Agamben asegura que la figura del Estado de exepción es el nomos del estado moderno y que éste estado de excepción siempre acaba siendo la regla. Agamben argumenta que las medidas de excepción suelen permanecer una vez pasada la denominada arbitrariamente situación de exepción. En su ensayo Homo Sacer II: El Estado de excepción, Agamben recopila todas aquellas veces en que los distintos estados de occidente han declarado el Estado de excepción y como los decretos que se iban aprobando durante el transcurso de los mismos se iban manteniendo a lo largo del tiempo. La forma de gobernar cuando se declara el Estado de excepción es siempre el decreto-ley. Siempre ha sido sorprendente como un Estado de Derecho se guarda para sí la posibilidad de suspender el Derecho -en nombre del propio Derecho- para poder aplicar y desplegar toda aquella medida y toda creación jurídica que escape a la normativa vigente. Agamben recuerda siempre -y es un hecho notorio que no podemos olvidar- que Hitler nunca rompió con la república de weimar. Técnicamente, el estado nazi fue un Estado de excepción que duró 12 años. Todas las leyes que el partido nacional-socialista fue aplicando se amparaban en la constitución de Weimar, siempre bajo el paraguas de las medidas excepcionales, de la aplicación extensiva e intensiva del estado de excepción.

El estado de excepción es siempre el resultado de una situación contradictoria: tenemos una exclusión integrada que genera un nuevo espacio que no existía en la normalidad. La norma se desustancializa.  Es interesante el reflexionar sobre esta noción de estado de excepción (muy pocas veces lo hacemos) y como el actual gobierno del PP gobierna en base al mismo. Habitualmente, el estado de excepción se declara cuando el Estado teme por su propia supervivencia, sea por una amenaza exterior (la guerra, el terrorismo) o sea por una amenaza interior (insurrección armada). La figura del estado de excpeción es muy contradictoria pues es muy complicado el saber determinar cuando un estado está realmente amenazado y cuando no lo está. La declaración de la urgencia, estado de sitio o estado de excepción siempre se debe a una contingencia y a una valoración de la misma realizada por el gobierno en cuestión, siempre de forma política y subjetiva. Y lo que pasa siempre es que nos encontramos ante un juez que al mismo tiempo es parte. Pues quién declara el Estado de excepción es aquel que lo va a aplicar (el gobierno). Las consecuencias no son irrisorias: no olvidemos que el estado de excepción suspende la legalidad, los derechos y las libertades civiles vigentes para desplegar todo un arsenal jurídico y político completamente arbitrario propio de cualquier dictadura. Estamos acostumbrados a que se declaren estados de excepción durante las guerras (primera guerra mundial, segunda guerra mundial, guerra de Argelia en Francia…) aunque actualmente el terrorismo es la mejor excusa para declararlo. La patrioct Act norteamericana eternaliza el estado de excepción: ante un enemigo invencible, difuso, que está por todas partes y que nunca podrá ser vencido siempre podremos mantener las medidas excepcionales que la patriot act estableció en el año 2001.

¿Qué suele ocurrir cuando entramos en guerra con otro estado y se declara un estado de sitio, de urgencia, de alarma o de excepción? Pues que todos los poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) se repliegan hacia el gobierno que puede utilizarlos libremente. Se suspende toda la legalidad y el estado se desnuda ante nosotros: no somos más que nuda vida ante él. Estamos a su disposición, no detentamos ningún derecho y se militariza a toda la sociedad. Se movilizan recursos (aumento de impuestos) y se gobierna en base al decreto ley. Ya no eres ciudadano, estás en una zona de indeterminación absoluta, que es la misma zona en la que se despliega el estado de excepción. Ya no hay exterior ni interior al Derecho. El Estado nos muestra su esencia, su naturaleza: aparato y máquina de guerra absolutas.

En la crisis que estamos viviendo y que no nos va a abandonar encontramos, aunque no se haya declarado públicamente, todas las características del estado de excepción. Recordemos que las medidas que se suelen aplicar y desplegar durante un estado de excepción dejan de ser excepción para devenir regla. Lo primero que hizo el gobierno de Zapatero para justificar sus medidas de recortes en el año 2010 fue la situación de excepcionalidad debido a la crisis. Fue la primera piedra que empezó a edificar el actual estado de excepción en el que nos encontramos ahora. La primera rueda de prensa del gobierno de Rajoy en el año 2012 nos anunciaba, escudados también en la excepcionalidad de la situación de nuestro país, medidas “temporales” y “excepcionales” para justificar subidas de impuestos y, más tarde, para justificar toda la sangría de recortes sociales.

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Imagen de cuerpos militares en el aeropuerto de Barajas, diciembre 2010. Durante 15 días, el gobierno del PSOE decretaba el Estado de Alarma por la huelga de controladores aéreos. Un ejemplo paradigmático de como se despliega de forma concreta un estado de excepción de baja intensidad, esta vez para parar una luchar laboral (aunque fuera compleja pues suscitó muchísimas animadversiones entre viajeros de clase trabajadores y media que no veían con buenos ojos que supuestos privilegiados como los controladores aéreos protestaran por sus derechos laborales). De todas maneras, puede que buen ensayo para futuras declaraciones de estados de alarma, urgencia o sitio si se quieren parar huelgas.

El estado de excepción se puede identificar de distintas maneras: una es la proliferación de los decreto-ley, dos y a consecuencia de esta primera es la confusión generalizada entre los tres poderes que fundan el estado moderno: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Cuando se legisla y se gobierna a base de decretazos ya no hay frontera posible entre el poder ejecutivo y el poder legislativo. Siempre que se declara un estado de excepción se produce un ensanchamiento del Estado, ensanchamiento que se suele tornar visible con subidas de impuestos continuadas.

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La valla de melilla y el asesinato de las personas que quieren acceder al territorio es también un ejemplo de esas zonas de indeterminación en las cuales ya no hay ningún derecho aplicable a la persona. La frontera intenta delimitar un adentro y un afuera pero ella misma es el punto ciego del estado moderno.

La tercera característica de los estados de excepción es la intensificación de los poderes de la policía. Se restringen las libertades públicas y se suspenden los derechos democráticos. No hay nada más evidente de este hecho que la recientemente aprobada Ley Mordaza. Se necesitan de estos mecanismos de militarización, seguimiento, control y policía para poder asegurar el despligue de la excepcionalidad. El debate no es tanto que estemos o no estemos en democracia, es saber hasta dónde llegará la intensificiación del estado de excepción que se está desplegando con una velocidad inaudita. Hemos naturalizado muchísimas formas de legitimar y justificar políticas anti-sociales y anti-populares (anti-democráticas, medidas que van en contra de lo que los ciudadanos quieren y sienten) que simplemente se resguardan bajo el paraguas de este estado de excepción. Estado de excepción cuyo paradigma son los campos de concentración y encierros, las zonas donde no hay legislación ni derechos, zonas en las que se  desvela este nomos de nuestros estados mal llamados democráticos (por ejemplo, las zonas de reclusión en los aeropuertos o los CIEs en España, auténticos campos dónde no eres ciudadano sino nuda vida ante los poderes establecidos).

En este largo camino en el que predomina la excepcionalidad, la ley ómnibus es un paso más para profundizar el estado de excepción. Gobernar a base de decretos leyes, de no debatir nada, de presentar la democracia representativa burguesa como lo que realmente es: un puro teatro, una ritualización.

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Y frente a esto ha emergido la política del movimiento. La profunda revolución democrática que está recorriendo el país desde hace 3 años (desde el 15m) y que ahora se expresa en su modalidad institucional con PODEMOS. Los círculos expansivos e inclusivos de podemos son la lucha y la reivindicación de una democracia radical, de una democracia que nos han robado y que siempre está suspendida por el estado de excepción (se ampare en cualquier acontecimiento en el que se quiera amparar…). Intentarán reabrir la excepcionalidad para pararlo pero ya no pueden. Los periódicos ya esconden las encuestas para intentar esconder algo ya inevitable: que la política de la modernidad y de la casta van a ser superadas. La persecución mediática y criminalización de Podemos no podrán parar la ilusión y las ganas de recuperación democrático-sociales que nos roban cada día. Deberemos ser inteligentes y seguir trabajando desde abajo, desde los barrios, desde la calle para reconfigurar y re-significar la institucionalidad democrática.

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