Una aproximación marxista a la biopolítica y el advenimiento de las sociedades de control

Cogiendo el hilo de mi anterior artículo sobre el poder soberano, el poder disciplinario, el biopoder y la biopolítica en Foucault seguimos tejiendo y pensando sobre nuevas articulaciones para una teoría política liberadora.

El filósofo italiano Paolo Virno retomó el concepto de biopolítica creado por Foucault en los años 70 y le dio un nuevo giro más aproximado al marxismo (completamente marxista de hecho). De esta manera, la biopolítica se referirá exclusivamente al gobierno de la fuerza de trabajo que cada uno de nosotrxs poseemos en nuestro cuerpo.

Marx define la fuerza de trabajo como la suma de todas las aptitudes físicas e intelectuales que residen en la corporalidad. Se hace pues referencia a todas las facultades que cada uno de nosotrxs posee, ya sean lingüistícas, comunicativas, afectivas, corporales (fuerza física bruta) etcétera. La relación capitalista de producción siempre establece la diferencia entre fuerza de trabajo y trabajo efectivo. La fuerza de trabajo es pues pura potencia, pura dynamis (como gusta decir a Virno) y se mueve en un campo indeterminado pues no se plasma en algo concreto. Si toda mercancía es un producto finalizado puesta en circulación en el mercado, la fuerza de trabajo es algo no presente, no real, como toda potencia. Este elemento es el que ponemos en el mercado a la hora de trabajar y el que está sujeto a la ley de oferta y demanda. El capitalista compra la capacidad de producir en cuanto tal, no una o más prestaciones determinadas. Una vez la compraventa realizada, el capitalista utiliza dicha potencia como más le plazca, en palabras de Marx: “el comprador de la fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar a su vendedor. Es así que este último convierte en acto aquello que primero era potencia” (Marx; el capital, 209).

El objeto de la compraventa no es pues una entidad real -prestaciones laborales efectivamente presentes- sino algo que, de por sí -y como sigue Virno (2003: 84), no tiene una existencia espacio-temporal autónoma: es la genérica capacidad de trabajar. En los cuadernos de los Grundrisse Marx escribe: “el valor de uso que el obrero tiene para ofrecer (en el intercambio con el capitalista) no se materializa en un producto, no existe fuera de él, ni siquiera existe en la realidad sino sólo en tanto posible, o sea, como capacidad” (Marx, Grundrisse, 244-245). Cuando se vende sólo una posibilidad, una capacidad, ese algo que se pone en el mercado capitalista no puede ser separada de la persona viviente que lo posee, del vendedor, es decir, del trabajador. Es el cuerpo vivo del trabajador de dónde se sustrae esa fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo no existe de forma independiente al cuerpo que la alberga. Para el capitalista pues, la simple vida, el bios es lo esencial pues es el elemento inseparable de la potencia, de la dynamis. Para el capitalista, el cuerpo del obrero es importante pues contiene esta potencia. Como asegura Virno: “El cuerpo viviente se convierte en objeto a gobernar, no tanto por su valor intrínseco, sino porque es el sustrato de la única cosa que verdaderamente importa: la fuerza de trabajo como suma de las diversas facultades humanas-potencia de hablar, de pensar, de recordar, de actuar, etcétera. La vida se coloca en el centro de la política en la medida en que lo que está en juego es la fuerza de trabajo inmaterial -que, de por sí, es no-presente. Por esto, sólo por esto, es lícito hablar de “biopolítica”. (Virno, 2003: 85).

La manera de aprehender la biopolítica que realiza Virno es interesante pues pone el acento en algo que Foucault nunca trató en profundidad. La fuerza de trabajo es, efectivamente, una capacidad, una potencia, uno puede servir cafés en un bar, colocar piezas en una cadena de montaje o investigar sobre la física nuclear. Todas estas capacidades, potencias, residen en nuestro cuerpo y si es tan importante gobernarlo es básicamente porque esas potencias no son separables del mismo. Sin embargo, este concepto es limitado en cuanto la biopolítica no puede ser únicamente reducida al gobierno de la fuerza de trabajo para su integración en el mercado laboral. Hay más opresiones que las de clase. Por ejemplo las de género o raza. De hecho sigue siendo bastante aberrante que olvidemos que en el capitalismo hay fuerzas productivas y fuerzas reproductivas (úteros que permiten fabricar más pequeños proletarios para seguir albergando la fuerza de trabajo). Cuando entramos en el gobierno de las poblaciones, de lo biológico y anatómico, de la vida,  también determinamos campos de lo que es pernicioso y de lo que es “el buen vivir”, entramos pues en lógicas excluyentes, de clínicas, de categorización, fragmentación y distinción entre lo normal y lo anormal (ser judío es una amenaza para la salud del pueblo alemán, la biopolítica quiere extirpar también elementos perjudiciales para esa “salud social”, el campo de concentración es la expresión extrema de la biopolítica).

De hecho tenemos que dar todavía un paso más allá. Pues en la sociedad sobre la que escribían Marx, Lenin o Gramsci, el trabajo industrial era hegemónico en la producción de valor. Pero, en la época contemporánea, el trabajo inmaterial y el sector servicios se han vuelto los principales productores de valor (ya volveré en otro momento pues genera controversia). Los procesos cognitivos se han ido aplicando a todos los sectores económicos, desplanzando al taylorismo y al fordismo como modelos de organización y extracción de plusvalor así como de producción. La nítida frontera entre trabajo manual y trabajo intelectual estalló para dar paso a una imbricación de los dos tipos de trabajo. Cuando el trabajo se vuelve cognitivo integramos en nosotros el capital fijo. Si, antes, en la fábrica, no disponías de las herramientas que te permitían producir (máquinas y útiles -objetos que había que sacar de entre el mundo de los muertos como diría Marx-) ahora tú eres el poseedor de los mismos (los saberes, los afectos, los conocimientos, la información están en tu cerebro, en tu cuerpo). Esto cambia completamente la relación que establecemos con los capitalistas pues la contradicción capital-trabajo cambia de naturaleza. Además de que la producción inmaterial es, por naturaleza, la producción de mercancías no cuantificables. Todo lo abstracto está sujeto a las leyes de oferta y demanda. No es casualidad que sea el sector financiero el hegemónico en la época en la que vivimos y desde hace más de 20 años.

Cuando el gobierno sobre la vida (por ser la que contiene la potencia que interesa al capitalista, la potencia de trabajar) y la producción cognitiva se combinan damos un paso más allá en relación a las sociedades disciplinarias que nos precedieron (aunque, evidentemente, siguen estando vigentes) para adentrarnos en las sociedades del control. La disciplina es bastante inoperante cuando lo que produces es inmaterial, pues se te debe exigir ser creativo. Las órdenes claras y verticales que te designan una tarea concreta no son suficientes. Al obrero de la fábrica, aunque aplicara también sus saberes a la producción (saberes de los que el capitalista se beneficia y nunca son remunerados), se le dirigían órdenes claras y concisas. La cadena de montaje es el paradigma de este tipo de trabajo, estás encerrado y con tareas claras y sencillas (diseñadas por los ingenieros, de ahí la separación entre trabajo intelectual y trabajo manual). En la empresa contemporánea, donde eres un empleado siempre a disposición del capitalista, se te exige ser móvil y creativo. La forma de ejercer el poder es pues distinta: se te quiere vigilar todo el rato y establecer mecanismos de control continuos pero no se te quiere disciplinar de la misma manera que antaño.

Si en la universidad observados el advenimiento de la educación del seguimiento (obligación de asistir a clase y de hacer trabajos y exámenes de manera continua) es porque se sigue esta lógica. Ya se nos recuerda cada día desde los medios de comunicación y desde los poderes fácticos  que la formación debe ser continua. Durante toda nuestra vida deberemos seguir formándonos  y obteniendo nuevos diplomas (eso sí, para una movilidad laboral horizontal, no hay que hacerse ilusiones, nunca es para subir puestos en la escala social).

Cada vez tendemos y tenderemos más hacia un sistema penal basado en las multas y en el seguimiento de los “delincuentes”, desplazando así el sistema de encierro disciplinario de la prisión. La lógica del control de las deudas soberanas (la excusa para imponer recortes) o el sistemático endeudamiento al que nos vemos sometidos siguen esta lógica de la sociedad del control. Mantenemos bajo vigilancia perpetua a los individuos y gestionamos la información.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s