Reflexiones sobre la violencia (extendido)

El pasado 15 de diciembre del 2012 una nueva masacre fue perpetrada en Estados Unidos. En este caso, un joven mató a 27 personas en un colegio privado de Connecticut. No es la primera -ni parece que será la última- matanza de estas características. Aunque en los momentos que suceden a estos acontecimientos se suele reabrir el debate sobre la posesión de armas, esta vez parece que el presidente Obama va a intentar impulsar medidas que limiten la posesión de las mismas.

El debate sobre la posesión de armas es de un enorme calado político. La derecha más liberal ha sabido monopolizar este debate e incluso ha cambiado la primera intención de los padres de la constitución americana para llevarlo a un terreno propio. De esta manera, los términos en los que se suele plantear el debate han sido tergiversados. La Asociación Nacional del Rifle, así como la extrema derecha norteamericana, reivindica la defensa de la propiedad privada frente al Estado y frente a otros ciudadanos para justificar la posesión de armas. Del mismo modo, sus argumentos para neutralizar la crítica hacia la posesión de armas discurre a través del equilibrio del terror (si yo tengo armas defenderé a los que hacen un mal uso de ellas, “son las personas las que matan y no las armas”). La izquierda europea y americana ha caído en la trampa dialéctica propuesta por la derecha. De esta forma, se suele caer en un pacifismo acrítico y se propone la solución weberiana (Estado caracterizado por el monopolio del uso de la violencia) como mejor mecanismo para paliar los efectos negativos que conlleva la posesión de armas. Documentales como el de Michael Moore  Bowling for Columbine dan buena cuenta de ello. Cada vez nos alejamos más de debates con profundos trasfondos políticos ya que damos por supuesto que la violencia es siempre negativa. Es curioso que gran parte de la izquierda que se opone a la violencia no realice al mismo tiempo un discurso que preconice la disolución de nuestros cuerpos armados (policía y ejército), lo que daría una consistencia y coherencia a los planteamientos que proponen. ¿Por qué el Estado sí puede tener armas y los ciudadanos no?

La segunda enmienda de la Constitución americana (que es la que permite la posesión de armas) dice, literalmente, lo siguiente: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un estado libre, no se restringirá el derecho del pueblo a poseer y portar armas” , puede haber un debate etimológico sobre la palabra people (para esclarecer si se refiere a pueblo a personas) pero es bastante evidente que no se hace ninguna referencia a propiedad privada o a individuos que luchen contra otros individuos. La segunda enmienda está claramente enmarcada en la tradición republicana, en dónde la violencia es usada como resistencia. La insistencia en “milicia” y “estado libre” es ilustrativa.

El objeto de este trabajo es de indagar en las razones últimas del recurso a la violencia, a su legitimidad en estados democráticos (la violencia es, por definición, autoritaria) y, como corolario, a si debería estar permitido poseer armas.

El debate sobre la violencia se remonta muy atrás en el tiempo. La racionalización y limitación de la misma así como su monopolio por parte del Estado son, en realidad, consecuencias lógicas de la tradición hobbesiana. Hobbes decía “Creo que existe una inclinación general en todo el género humano, un perpetuo y desazonador deseo del poder por el poder, que sólo cesa con la muerte”.Éste creía que, debido a este innato anhelo de poder, la vida anterior (o posterior) al Estado constituía una “guerra de todos contra todos”, “solitaria, pobre, sórdida, bestial y breve”. Basándose en una antropología negativa del ser humano, debía erigirse un Leviatán, un soberano, capaz de garantizar la seguridad y la estabilidad de la sociedad humana. El estado de naturaleza del hombre es equivalente al estado de guerra (cosa que cambia con Locke, aunque las consecuencias prácticas acaben siendo las mismas; cesión de libertad en pos de un estado que garantice la seguridad a través de un contrato social vinculante, tácito o explícito).

Si bien Hobbes defendía el autoritarismo y desconfiaba de la democracia, el legado de su pensamiento sigue siendo extremadamente palpable. El miedo a que se libre una guerra de todos contra todos si, por ejemplo, las estructuras estatales fallasen, sigue estando a la orden del día. Se sigue creyendo que si hubiera “libertad” absoluta (nada de autoridad o estados) se desataría una violencia brutal e incontrolable. Este miedo es una de las bases para que se racionalice la violencia y ésta sea ejercida por un poder “neutral” –el Estado- al cual debemos cederle parte de nuestra libertad (para nuestro propio bien).

A través de esta base teórica y antropológica se configura la teoría de la legitimidad del Estado (de Derecho a partir de las revoluciones americana y francesa y democrático a partir del siglo XIX-XX) para ser el único que pueda ejercitar la violencia contra las personas. La teoría del uso de la fuerza por parte del Estado cambia significativamente con el advenimiento de las democracias representativas. En efecto, a partir de éstas, la violencia estatal deja de ser arbitraria y debe estar sujeta, por un lado, a las leyes (que emanan del pueblo) y, por otro lado, a la voluntad general expresada en unas elecciones libres. De esta forma, se intenta limitar lo máximo posible la violencia (que debe ser un último recurso) que, de por sí, es siempre autoritaria y, además, únicamente sería utilizada cuando así lo deseara la mayoría de la población o cuando las leyes –democráticas, pues emanan de un parlamento compuesto por personas escogidas por los ciudadanos- así lo indicasen.

Los teóricos de la democracia representativa suelen argumentar que las armas y la violencia entrañan la imposición del criterio de unos pocos (normalmente en beneficio propio) sobre los del resto. Los mecanismos institucionales puestos al abasto de la ciudadanía serían suficientes para poder promover y defender tus ideas, intereses…Suelen añadir que así como a lo mejor lo que actualmente impera no es de tu agrado, al existir la posibilidad de conquistar el poder político sin recurrir a la violencia (a través de la las elecciones), a lo mejor algún día te interesaría que ese mismo Estado que actualmente defiende una mayoría popular determinada pudiera, asimismo, defender tus ideas amparadas en otra mayoría futura. El juego y encaje de minorías-mayorías, intereses antagónicos o ideas opuestas queda de este modo armonizado y respetado en todas sus vertientes.

Por otra parte, asegurando la neutralidad del Estado se estaría, asimismo, asegurando la neutralidad del uso de la violencia. Es decir, ésta no sería ejercida como una herramienta de una minoría poderosa para subyugar al resto de personas o para promover sus propios intereses sino que simplemente se ceñiría a los imperativos legales acordados por todos (que, además, limitan ampliamente su utilización).

La legitimidad del uso coercitivo, violento, queda así bien definida y es aceptada por la mayoría de ciudadanos que viven en democracia.  Es por estas razones que la mayoría de ciudadanos, incluso entre los de izquierda y algunos de extrema izquierda, rechazan de raíz tanto la posesión de armas (que podría desestabilizar el monopolio estatal y, por ende, el ordenado sistema de derecho y democrático implantado) así como la utilización de la violencia para la transformación social.

Casi siempre nos asalta una duda en este crucial punto: ¿Quién controla al que nos controla? Es una pregunta relevante, el ceder el monopolio del uso de la violencia al estado (y la subsiguiente posesión de armas) puede permitir que un partido que, aunque llegue al poder de forma democrática, utilice esa gran maquinaria a su disposición para imponer un régimen autoritario. Algunos teóricos argumentan en este punto que el Estado ya ha dejado de ser de derecho y que la resistencia ciudadana puede ser legítima. De todas formas, poco se puede hacer contra un poder tiránico si no se dispone de armas. Los judíos en los guetos de Polonia o los españoles tras el golpe de estado de Francisco Franco pueden ser buenos ejemplos de lo que puede ocurrir cuando se limita la posesión de armas. Están a merced del poder tiránico recién erigido y no disponen de capacidad de respuesta. De todos es conocida la catástrofe humana que supusieron ambos regimenes para sus poblaciones.

No sólo tenemos esa duda, tenemos la duda de hasta qué punto es posible la transformación social o el cambio utilizando únicamente mecanismos pacifistas y democrático-liberales en un contexto de violencia (estructural y directa). En la mayoría de países dónde se comenzaron procesos de cambio social profundo, de ruptura, en un contexto democrático se ha producido una respuesta violenta por parte del Estado. En España, tras el triunfo democrático del Frente Popular en el año 1936, hubo una reacción violenta –golpe de estado-, en Chile, tras la victoria de Allende en las elecciones de 1970, tres años después, también hubo la misma respuesta, en Venezuela, tres años después del triunfo de Hugo Chávez (abril de 2002) lo mismo, en Honduras en el año 2010 más de lo mismo. La lista es muy extensa y no se cierne únicamente a países en vías de desarrollo. La rápida victoria de las tropas alemanes en Francia en 1939 apunta a la misma dirección (generales franceses como Pétain, cómplices del régimen que se impondrá), el asesinato de Olof Palme en Suecia o de Kennedy en Estados Unidos –aunque puedan responder a lógicas distintas- parecen seguir el mismo camino. Los ejemplos en el mundo occidental son más escasos ya que tenemos pocos casos de victorias de partidos de la izquierda radical. Sin embargo, las pocas que se han producido o las amenazas de las mismas (Grecia en 19 y 2012, Italia en 1955) han recibido, efectivamente, respuestas violentas o antidemocráticas por parte de los regimenes vigentes.

Los argumentos y ejemplos anteriormente expuestos suelen ser utilizados por los marxistas-leninistas para legitimar la violencia revolucionaria y para imponer dictaduras del proletariado. Al partir de la premisa de que el Estado es un instrumento de la burguesía para oprimir a la clase trabajadora, la democracia representativa no es más una parte de la superestructura que deberá ser abolida para garantizar el triunfo de la clase obrera. Lenin dice al respecto: “el Estado es un instrumento del que se valen las clases dominantes para perpetuar su poder sobre las clases explotadas” (Lenin, 2009, 15), y añade, siguiendo un razonamiento lógico, que “el derrocamiento de la burguesía sólo puede realizarse mediante la transformación del proletariado en clase dominante, capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada de la burguesía” (Lenin, 2009; 41). De esta forma, la violencia no solo sería deseable y necesaria, sino que es base constitutiva del nuevo mundo y emancipadora.

La experiencia soviética y del bloque del este viene, sin embargo, a poner en duda el carácter liberador o emancipador de la violencia revolucionaria. Orwell o Noam Chomsky así como Zizek (éste último, marxista-leninista confeso) han denunciado o denuncian actualmente el carácter opresor del régimen comunista. Zizek se pregunta en una entrevista[1] el cómo escapar a la relación de servidumbre, amo-esclavo, establecida en el mundo socialista. Los medios, autoritarios, pueden fácilmente degenerar hacia un régimen todavía más brutal que el de la democracia representativa. La crítica pacifista, que suele confundir medios y fin (si perseguimos la erradicación de la violencia no podemos utilizar ésta) intenta ofrecer una alternativa a la transformación social nacida de la violencia.

Entre los teóricos pacifistas destacan Gandhi y Luther King. El líder hindú, por ejemplo, asegura que “si aceptamos la grandeza del espíritu, nuestros deseos particulares nacerían de los deseos conjuntos –no violencia- y desaparecería el sufrimiento, la opresión y la muerte” (Gandhi; 1983; pag 8).  Según Gandhi, la naturaleza humana desea construir una sociedad basada en el principio de la no-violencia, la ahimsa (principio de no hacer daño a nadie) vinculado al principio de satyagraha (resistencia no violenta). Se persigue romper la lógica de oprimidos-opresores. Gandhi envuelve pues este principio entre la moral religiosa (hindú) y una antropología determinada y positiva del ser humano. La no-violencia funde de esta forma medios y fin (el fin y los medios son prácticamente equivalentes). Por su lado, Luther King, aborda el tema desde una perspectiva más estratégica[2] aunque también impregnada de un misticismo religioso (cristiano, tomar ejemplo de las enseñanzas de Cristo basadas en el amor y no en el odio). Tenemos pues, dos formas parecidas aunque ligeramente diferentes de utilizar la no violencia. Desde el dar ejemplo y ser consecuente con las creencias de uno mismo, hasta el uso estratégico de la no-violencia para no sembrar el caos social ni ser contra-productivo. Dar ejemplo moral. La historia parece haber, finalmente, dado parte de razón a esta ideología ya que los objetivos de estos dos líderes fueron finalmente conquistados.

De todas formas, el discurso pacifista está siempre integrado en la lógica de los opuestos. Como el poder es violento y se sustenta en la violencia para contrarrestarlo debemos situarnos en una oposición polar simétrica. Se propone entonces a la democracia como una fuerza absolutamente pacífica. El problema de esto es que no podemos obviar la otra cara de la realidad. Afirmar que eso es plausible es pensar que si realmente se produjera un cambio profundo no habría una respuesta violenta por parte del Estado (cuando el Estado es, efectivamente, violento), que lo neutralizaría. Hardt y Negri argumentan al respecto: “En la actualidad, las fuerzas emergentes de la democracia se hallan en un contexto de violencia que no puede ignorarse o descartarse a voluntad.” (Hardt y Negri; 388; 2004). La lógica de los opuestos se abstrae de esta realidad.

De hecho, hasta tenemos un ejemplo bíblico de que una huída, de que un éxodo (como el de la democracia), también es fuertemente reprimido. El faraón no permitió que los judíos se vayan en paz. Gilles Deleuze afirma: “Huye, pero al tiempo que huyes, coge un arma” (Deleuze y Parnet; 2002; 136). Es bastante ingenuo pensar que un soberano permitiría la huída de sus súbditos sin reprimir o intentar recuperarlos por la fuerza. A modo de ejemplificar este hecho también podríamos comentar un capítulo de la popular serie The Walking Dead, en el cual los habitantes de un pueblo ante el despotismo y violencia demostrados por el “gobernador” desean marcharse del mismo pero los hombres y las mujeres –armados- encargadas de la defensa no les dejan huir.

Desde una perspectiva democrática, no deja de ser chocante el hecho de que se de por supuesto que la mayoría de decisiones y poderes sean, efectivamente, democráticos pero no el más esencial: el de la violencia. Al ser ésta autoritaria per se, no queda del todo claro porqué no debería ser también democratizada. Si tenemos libre acceso a las armas, uno de los poderes estatales más fundamentales sería, de esta forma, repartido entre los ciudadanos. El poder sería más democrático y se evitaría un posible despotismo gubernamental sustentado en su monopolio de la fuerza. Aun así, y como señalan Hardt y Negri (2004), tampoco se puede pecar de inocencia. Hoy en día, los fusiles no pueden nada contra una bomba atómica o contra el poderío técnico-militar del Estado (aviones de combate, misiles…). Sin embargo, puede que el ejemplo de las guerras de Irak y Afganistán (en donde milicias, grupos armados y terroristas han podido vencer al poderío armamentístico norteamericano) indique un sentido contrario.

Otro problema que presenta la violencia es el mencionado en algún párrafo de arriba: si se considera a ésta emancipadora o si se cae en la misma retórica que la impuesta por la soberanía (guerra contra guerra) es fácil volver a reproducir los mismos esquemas y mecanismos de dominación (pero de forma más brutal) en los que nos podemos ver sumidos actualmente. Ante esta disyuntiva, podemos proponer la solución zapatista, en la cual la democracia no debe recurrir a la violencia sino como instrumento para perseguir finalidades políticas. Subordinación de lo militar a lo político. Democratizar el uso de la violencia, que ésta sea horizontal y siempre sometida a las decisiones de la comunidad. Siguiendo esta lógica, la violencia no es creadora de nada –una vez más como señalan Hardt y Negri- “sino que únicamente se limita a preservar lo ya creado” (Hardt y Negri; 391; 2004). La violencia se limita entonces a defender a la sociedad frente a un posible abuso despótico del poder soberano. Esto se opondría, por ejemplo, a lo que Walter Benjamín afirmaba en Critiques of Violence (1978), es decir, que la violencia tiene capacidad de generar la ley.

De esta forma, la violencia se convierte en una herramienta más del pueblo para la autodefensa, como lo puede ser una manifestación o una huelga y nunca inicia un proceso revolucionario sino que sobreviene al final.

En conclusión y para recapitular, hay una fuerte creencia extendida en la ciudadanía la cual asegura que la violencia es siempre autoritaria y arbitraria, además de desencadenar un proceso de anarquía y caos si se extendiera en el cuerpo social. Esta creencia, heredera de la tradición hobbesiana, es la base a través de la cual se justifica el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado (democrático) y que rechaza de raíz la posesión de armas por parte del pueblo. Sin embargo, esta creencia puede ser cuestionada desde una lógica democrática (de repartir el poder entre la ciudadanía) y queda también fuertemente en entredicho cuando un poder despótico secuestra el gobierno (no hay capacidad de defensa sin armas, además de sacar a relucir las contradicciones más elementales presentes en una sociedad determinada).

Por otro lado, la crítica pacifista a la utilización de la defensa para la autodefensa suele estar desprovista de realismo, ya que vivimos en un contexto de violencia estructural y directa. El éxodo propuesto por el pacifismo, enmarcado en la lógica de los opuestos (estado capitalista violento, nosotros demócratas y pacifistas), omite la posible reacción del soberano y tiene un gran coste humano.

Una posible solución a los dos problemas anteriormente expuestos y para eludir la utilización autoritaria de la violencia puede ser la propuesta por los zapatistas en Chiapas. Ésta se configura a través de tres principios: subordinación del poder militar al político, uso democrático de la violencia (horizontal y subordinado a un proceso político democrático) y violencia como herramienta defensiva.

Hay que tener en cuenta que no partimos de la misma base antropológica –negativa- que utilizan tanto Hobbes como los partidarios del monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado.

Como último punto y para dar respuesta a la pregunta de investigación ¿Es legítima la posesión de armas? Mi respuesta, basada en las reflexiones del paper, es afirmativa. Como garantía de no dominación y como posible vía para la autodefensa ante un poder tiránico o un abuso de poder por parte del Estado. El coste de decir que sí puede ser alto; el elevado número de muertos por armas de fuego en EE.UU., aunque no tenga parangón en el resto de países donde se permite el llevar armas –como Suiza- puede ser un dato alarmante y que invite a la reflexión. Aun así, y citando a Thomas Jefferson, “es preferible el tumulto de la libertad que la tranquilidad de la servidumbre”. El hecho de que en EE.UU. haya un número tan elevado de muertos por armas de fuego y que no sea el mismo caso en otros países elimina el factor armas de fuego como principal variable explicativa. De otro modo, habría un número similar de muertos en Canadá, Finlandia o Suiza. Además de ello, en EE.UU. siempre se ha garantizado el derecho a portar armas y el auge de matanzas estilo Colombine es muy reciente.

 

Bibliografía:

 

Benjamín, Walter, (1978) Reflections, Schocken.

Deleuze , G.; Parnet, C. (2002) Dialogues II, Columbia University Press.

Gandhi, M.K. (1983) La no-violència en la pau i en la guerra. Barcelona Ahimsa.

Hardt,M; y Negri, A. (2004) Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio, Debate.

Hobbes, T. (1996), Leviatán, Alianza Editorial

Lenin, V. (2009)  El Estado y la Revolución, Diario Público.

Luther King, M. (2010) Un sueño de Igualdad, Diario Público.


[2] “Si sus emociones reprimidas no encuentran escape en actuaciones no violentas, buscarán una manifestación violenta […] Si esta filosofía –no violencia- no hubiese surgido, estoy convencido de que actualmente muchas calles del Sur norteamericano estarían inundadas de sangre […] si se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no violentos millones de negros, presa de la desesperación y la frustración, buscarán refugio en las ideologías nacionalistas negras, lo cual, de acontecer, conduciría inevitablemente a una aterradora pesadilla racial” (Luther King; 2010; pag 83-92).

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