Historia de un país incendiado

Los viajeros que abandonaron España el pasado domingo 22 de julio se llevaron de recuerdo las apocalípticas imagénes de un incendio de dimensiones estratosféricas. Es la cruel, despiadada y feroz metáfora de la situación en la que nos encontramos. El paralelismo, la analogía, se hace inevitable por todas las circunstancias que envuelven al incendio.

Para empezar, es la imagen de un país que arde, que se dirige de lleno a la catástrofe económica y cuyos ciudadanos, además de estar encendidos por la rabia, son los que más están sufriendo las consecuencias (como siempre). Es un incendio que, al igual que la crisis económica que nos golpea con virulencia, probablemente era inevitable por las propias dinámicas sistémicas (en el caso del fuego por la temperatura y el estado de los bosques) pero que podríamos haber reducido notablemente sus consecuencias y dimensiones si se hubiesen adoptado otras medidas.

La metáfora y/o analogía no termina aquí. Al igual que con la crisis, los expertos en la materia ya adviertieron de los peligros que suponía recortar en ciertos servicios (vídeo de hace 5 meses, los bomberos denunciando los recortes en su sector):

Al igual que los expertos en economía, política y sociología que no dejaron de advertir de los peligros de implementar ciertas políticas (desde hace 4 años se repite hasta la saciedad que la austeridad es completamente insuficiente e inoperante).

Mientras se sucedían ambas tragedias, como siempre también, la clase política eludió y sigue eludiendo cualquier tipo de responsabilidad. Aunque los recortes en sanidad maten personas, aunque las medidas emprendidas dejen en la más absoluta desesperación a un gran número de ciudadanos (los suicidios aumentan estrepitosamente, así como la pobreza), aun habiéndonos hundido todavía más en el abismo encadenándonos a una deuda impagable y a un “rescate” inhumano, no hay responsables. Aunque el incendio de Portbou y el Alt Empordà ya se haya cobrado 4 vidas humanas y una destrucción sin predecentes de nuestro entorno natural, asesinando animales y plantas tampoco tendremos responsables. Recordemos, CiU recortó más de 20 millones (un 13%) en prevención de incendios, además de los recortes en bomberos y demás.

En ambas situaciones (incendio y crisis) los votantes de los partidos que están en el gobierno siguen defendiendo de forma ciega, cual hooligans de un equipo de fútbol, a sus respectivos partidos. Acusan de demagogos a los que intentamos buscar responsables por una catástrofe (olvidan que demagogia es, según la RAE, 1. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular. 2. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder, no hacemos halagos cuando denunciamos al gobierno de CiU, pero las palabras parecen perder su sentido) y evitan entrar en debates de calado recurrieron al “això no toca”. Claro que toca, ¡han muerto cuatro personas y se han perdido 14 000 hectáreas de bosque! El apego partidista les impide ser responsables, cívicos y demócratas.

Por otro lado están los medios, que al igual que con la crisis económica, hacen oídos sordos. Todos los artículos de opinión publicados en La Vanguardia se pierden en elogios a los bomberos (que está muy bien, luego son esos mismos los que defienden los recortes de sueldo y tal de este mismo colectivo, además de criminalizar al empleado público) y apelan al sentimiento de solidaridad y buenas y magníficas intenciones que han demostrado los ciudadanos en estos duros días. Yo también admiro la labor de los bomberos, también me inclino ante lo mejor de cada uno que sale en los peores momentos, pero de la prensa debemos esperar algo más. ¿Por qué no exigen responsabilidades? No es utilizar el incendio como pretexto político,¡es que éste es fruto en parte de la política! Es sintomático, una vez más, del estado actual de cosas. Podemos seguir con la analogía entre crisis e incendio, una prensa completamente vendida al establisment, que en ningún caso ejerce su poder de control democrático, demasiado entretenida en alabar a los gobernantes, en eludir los temas espinosos, en someterse al pensamiento único.

El olor del lejano incendio llegó ayer a Barcelona. El olor a chamusquina, a muerte, a neoliberalismo, al desprecio absoluto por la vida humana y terrestre. Es el olor de un partido en el gobierno que se financió de forma ilegal (como así sentenció el juez del caso Millet, 3,2 millones de euros que no es nada desdeñable), que no gobierna, que ha venido a saquear las arcas públicas sin preocuparle lo más mínimo el coste de sus políticas.

Para terminar esta breve historia, esta dramática metáfora, podemos aventurarnos sobre nuestro futuro. Ante el desastre que se nos ha presentado podremos hacer dos cosas: o bien hacernos fuertes y de los bosques calcinados volver a erigir la vida, replantar árboles, que vuelva a fluir la existencia como nunca lo había hecho antes, nueva, más fuerte, más verde, más esperanzadora, entrar así en paz y saldar nuestra deuda con la Naturaleza o bien podemos “aprovechar” la catástrofe para construir el inanimado, frío pero, eso sí, avanzado tecnológicamente, corredor del mediterráneo y hacer así una inversión económica, aprovechar el desastre para continuar con la barbarie.

PD: Mi más sincera solidaridad y apoyo a todas las víctimas de la tragedia.

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Un pensamiento en “Historia de un país incendiado

  1. En un mundo justo, se exigirían responsabilidades a los encargados de gestionar los servicios públicos, es decir se pediría responsabilidad a los políticos.
    Tendrían que estar en la cárcel como culpables de las muertes y los daños del incendio, pero antes ya harían que haberlo estado por tantas otras barbaridades.

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