El autoritarismo liberal

En los tiempos convulsos que nos ha tocado vivir se ha revelado ante nosotros aquello sobre lo cual muchos ya sospecharon en épocas pasadas; a saber, en Occidente, la democracia que supuestamente impera no es más que papel mojado, un simple mecanismo retórico que intenta nutrir de legitimidad las decisiones y medidas que los diferentes poderes económicos (vía sus portavoces: los políticos) nos imponen a la ciudadanía. Los liberales nunca fueron demócratas hasta que los trabajadores, a través de luchas muy duras, les obligaron a serlo (el cartismo en el siglo XIX es la expresión de esta lucha política en pos de una mayor participación democrática en la toma decisiones del gobierno británico).

Actualmente, todo el mundo se declara demócrata aunque después censure un referéndum en Grecia (en el cual la población debía decidir sobre si aceptar o no el plan de ajustes impuesto por la troïka) o ni se inmute ante los golpes de estado financieros de Grecia -Papadimos- o de Italia (Monti, que ni siquiera era parlamentario) o ante la aberrante deriva totalitaria de Hungría (que ya dispone de campos de trabajo para gitanos, parados y demás personas “de mal vivir” en funcionamiento). Es una larga historia, de todos es sabido que cuando la Izquierda llega democráticamente al poder siempre se le montan golpes de estado o se asesina a sus dirigentes. Ejemplos de ello lo tenemos en nuestra querida España, el Frente Popular conquistó democráticamente el poder en 1936 y le montaron un golpe de estado, en Chile, con Allende, más de lo mismo (con Pinochet y los Chicago Boys)  al igual que en Venezuela (a Hugo Chávez le montaron un golpe de estado, en este caso fracasó, en el año 2002). Tampoco podemos olvidar los asesinatos a sangre fría de Olof Palme (líder socialdemócrata sueco, presidente de Suecia durante los años 70 y asesinado en 1986, cuando todavía ejercía como Primer Ministro) o incluso de Kennedy (aunque  probablemente respondía a otra lógica no podemos excluir este caso). Esto se ha hecho en relación a los demócratas convencidos que aceptaban las normas del juego democrático. Por otro lado, a la izquierda más reaccionaria o autoritaria también se le ha hecho de todo, bloqueo económico a Cuba además de los intentos fallidos de asesinar a Castro, golpe de estado en la Indonesia de Sukarno (la represión tras el triunfo de Suharto es simplemente aberrante, además de todo el programa neoliberal aplicado en el país, con todas sus nefastas consecuencias para la población civil) etcétera.

Tras este pequeño recordatorio histórico debemos estudiar lo que está sucediendo en nuestros tiempos y, en particular, en nuestro país pues se ha intensificado y se va a intensificar el grado de autoritarismo.

Hasta ahora, en España, vivíamos en un estado de excepción gracias a la actividad de la banda terrorista ETA. En efecto, con la excusa del terrorismo se podían ilegalizar partidos, ideas, encarcelar a ciudadanos por motivos políticos, recortar derechos civiles como el de reunión, manifestación o la libertad de expresión. Con el fin de la actividad armada de ETA (y toda la tristeza que conllevó su desaparición para la derecha) el Estado debe configurar un nuevo enemigo para perpetuar su hegemonía y justificar medidas que, de otra forma, serían completamente inaceptables. En Estados Unidos, tras la caída de la Unión Soviética desapareció el “fantasma comunista” y fue, curiosamente, la época en la que Huntington y otros “intelectuales” empezaron a establecer el arquetipo del que sería el nuevo enemigo, escribieron ensayos como el Choque de las civilizaciones en el año 1992 y tuvieron la “suerte” de sufrir los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Enemigo construido (el islamismo radical) y carta blanca para poder recortar derechos y libertades civiles. ¿El resultado? La Patriot Act. En España hemos tardado menos. En apenas 5 meses ya empezamos a construir este nuevo enemigo, esta vez, en Cataluña. Y ese enemigo es el “antisistema encapuchado”. Tras los episodios de violencia callejera acontecidos en la jornada de huelga general el pasado 29 de marzo, Felip Puig y Trias ya han respondido con el tono más fascistoide posible. Felip Puig habla de reconsiderar el derecho de reunión, de endurecer las penas o de crear webs para identificar a los violentos (esto me recuerda horrorosamente al nazismo, si me vecino me cae mal ya podré tener una excusa para sacármelo de encima, pongo su nombre en dicha web y listo). Los Mossos ya se avanzaron a estas nuevas medidas y, como harían los nazis, gasearon a la población civil durante la manifestación del 29M. También dispararon pelotazos a todo bicho viviente (dejando dos tuertos) y apalizaron a algún despistado (una persona perdió el bazo tras recibir una patada de estos respetables policías). Buscan cualquier excusa para imponer aquello que realmente anhelan: una dictadura financiera. Callar a los disidentes, eliminarlos si es posible, carta blanca para poder adoptar todas aquellas medidas antipopulares que engrosan las cifras de las grandes fortunas e imponer su ideología por encima de las demás.

Durante los acontecimientos del 15M ya pudimos vislumbrar algunas de estas derivas totalitarias. En los medios, voceros y políticos liberales y/o conservadores se equiparaba legalidad con legitimidad para intentar deslegitimar al movimiento, reprimir y asustar a la población. Carl Schmitt fue el jurista que concibió esta peligrosa equiparación (Schmitt era un jurista de Estado cuya teoría sirvió de base para la construcción del nuevo estado nacional-socialista). Con ella, podríamos justificar el holocausto ya que era legal y, por lo tanto, legítimo. Del mismo modo, si estás en Cuba cualquier acción democrática es ilegítima pues es ilegal. Debemos superar este debate, no todo lo legal es legítimo. Por eso, por ejemplo, era legítmo ocupar las plazas aunque fuera ilegal. Es ilustrativo en este aspecto el trato recibido por los indignados por parte del grupo intereconomía que denominaba siempre a los mismos como “los indignados ilegales”.

El ministro del Interior Jorge Fernández ha anunciado ahora que la nueva reforma del código penal incluirá la “resistencia pacífica” como atentado a la autoridad y prisión provisional para aquellos que hayan hecho un atentado a la autoridad. Se cierra de esta forma el círculo, por ejercer la resistencia pacífica podrás ser encarcelado. Estas medidas son completamente autoritarias y reflejan a la perfección el estado policial que se está implantando en España.

No podemos echarnos atrás, ahora más que nunca debemos denunciar estas derivas totalitarias y combatirlas, nosotros somos demócratas convencidos. No es de recibo que con la excusa de los derechos de autor se censuren webs, no es de recibo que con la excusa de la quema de contenedores se imponga la persecución política (ya hay 4 presos políticos en Cataluña, 3 de ellos detenidos por la mañana del 29M cuando todavía no se habían producido los disturbios) y la represión más brutal, no son de recibo los golpes de estado financieros, no es de recibo la equiparación legal-legítimo, no es de recibo que periodistas como Rachid Alí sean detenidos por la calle por policías de paisano a causa de su activismo político y del desempeño de sus funciones profesionales, que son las de informar (ha colaborado en naciodigital.cat, cliclando aquí accederéis a uno de sus artículos) y, por encima de todo, la causa primera, no es de recibo someterse a las instituciones financieras y a la gran banca por los pagos de la deuda, que está provocando la muerte de multitud de personas (la tasa de suicidios se ha doblado en Europa, además de los que no han podido ser asistidos por el sistema sanitario, la pobreza en la que ya ha caído más del 20% de la población etc…).

Se nos quiere imponer por la fuerza un modelo de sociedad, de política, de economía y del ser humano. La crisis está siendo el pretexto perfecto para acabar de pulir y de imponer el modelo neoliberal a toda la ciudadanía, que de otra forma nunca lo hubiese aceptado.

Parece que no quieren sentarse en una mesa para debatir, no intentan argumentar, no quieren escuchar otras voces. Las medidas que se están llevando a cabo para salir del atolladoro en el que nos encontramos son “inevitables” y “no hay alternativas”. Es nuestro deber como ciudadanos el reivindicar más debates públicos, más democracia y denunciar la deriva totalitaria en la que nos estamos viendo inmersos.

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