El verdadero negocio atómico

Ignacio Escolar, Público 14-03-2011.

Sólo hay un coche en el mundo que funcione con energía atómica: el DeLorean que conducía Michael J. Fox en Regreso al Futuro. Al margen de las películas, la inmensa mayoría de los automóviles ruedan con gasoil o con gasolina. Por eso defender que la escalada en el precio del petróleo se arregla con más centrales nucleares es un argumento tramposo, por mucho que lo repitan aquellos pensadores independientes, como Felipe González o José María Aznar, que están a sueldo de compañías eléctricas con intereses atómicos, como Gas Natural o Endesa. El lobby nuclear español, siempre tan generoso con nuestros expresidentes, está estos días de luto. La pesadilla japonesa ha complicado una campaña cuyo objetivo no pasa por construir nuevas nucleares. El negocio que buscan es otro: seguir explotando los viejos reactores, ya amortizados, más allá de sus márgenes de seguridad; más allá de los 40 años para los que fueron diseñados.

Contra lo que algunos repiten, la moratoria nuclear que aprobó Felipe en 1984 ya no está vigente en España. Aquella ley tan rentable para las eléctricas –aún hoy seguimos pagando la moratoria en la factura de la luz– terminó en 1997. Cualquiera podría construir hoy una nuclear en España, si es que tuviese las ganas y el dinero. A pesar de esas infinitas ventajas económicas que nos venden sus defensores, nadie ha pedido permiso. ¿La razón? Que una nueva nuclear española sólo sería rentable si estuviese subvencionada. Y eso que esta energía, en su balance, no se hace cargo de todas las facturas. No pagan por su futuro: por los costes de la gestión milenaria de sus peligrosos residuos, que se quedan de herencia por los siglos de los siglos. Tampoco pagan por su presente: por esos riesgos tan evidentes hoy en Japón. ¿Serían rentables las nucleares si tuviesen que contratar un seguro que cubriese las terribles consecuencias de un posible accidente?

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3 pensamientos en “El verdadero negocio atómico

  1. Que el desastre nuclear de Japón no pase de lo que es a fecha de hoy. Basta con ver lo que podría llegar a ser. Basta ver la aprensión que ahora siente todo el mundo. Podría interpretarse como el Hiroshima del crecimiento competitivo, que en la era moderna ha sustituido la guerra entre naciones por una obsesiva competencia entre estados. Debería interpretarse como el fin de una época en la que el crecimiento competitivo justifica todo, para dar inicio a una colaboración entre estados que limitara la competencia a lo razonable, a unas empresas supeditadas a unas leyes comunes garantes del bien común.

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